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viernes

Junín después del temblor

 La tierra no avisa, pero deja constancia. Los sismos que remecieron Junín entre fines de julio y los primeros días de agosto no llamaron la atención por su magnitud, moderada en cualquier escala técnica, sino por el desbalance entre la energía liberada y el daño que dejaron: 6 fallecidos, más de 300 damnificados, viviendas inhabitables y un decreto supremo (el N.° 115-2026-PCM) que puso en emergencia por 60 días a Chupaca, Concepción y Huancayo, además de Huancavelica y Tayacaja. La cifra sismológica fue discreta; la social, no, y buena parte de esa distancia se explica por la profundidad, porque el movimiento se originó a unos 10 kilómetros bajo la superficie en una falla local de la cordillera que llevaba décadas quieta, y esa cercanía concentra la aceleración del suelo justo donde vive la gente.

Para tener una referencia basta mirar el terremoto de 7,4 que devastó el Chocó colombiano por esos mismos días: ocurrió a 103 kilómetros de profundidad y aun así dejó más de 130 muertos, una comparación que no consuela sino que advierte, sobre todo porque en los anexos altoandinos de Chupaca y Concepción la vivienda sigue siendo de adobe y tapial, levantada sin vigas soleras ni confinamiento y muchas veces sobre suelos humedecidos por la temporada, de modo que cuando el terreno acelera esa masa se comporta como lo que es: peso sin capacidad de tracción. El estudio del Grupo de Análisis para el Desarrollo (Grade) ofrece el marco nacional de este problema y es demoledor: de los 6,6 millones de viviendas del país, el 71% fue autoconstruido y apenas el 3% de ellas cumple estándares adecuados, es decir, cuenta con planos, estudios de suelos y supervisión profesional.

La preocupación nacional suele quedarse en la costa, donde la fotografía del riesgo resulta más evidente, pero la sierra central carga una vulnerabilidad propia, sobre todo por las distancias entre los poblados y los centros de auxilio: los anexos rurales están lejos de las capitales distritales y la evaluación de daños demora días en llegar, los centros de salud de nivel I y las escuelas salen de servicio justo cuando se vuelven indispensables. La falta de sismos destructivos recientes instaló una sensación de exención que hoy se paga en escombros. El adobe, además, no es un capricho cultural, sino la única técnica al alcance de familias sin título ni crédito, lo que traslada el problema constructivo al terreno económico y legal.

Junín, por lo demás, tampoco termina en el Mantaro. Chanchamayo, Satipo, Pichanaqui y las cuencas que bajan hacia Oxapampa comparten departamento y presupuesto con Huancayo, aunque su riesgo tenga otra forma, porque en la ceja de selva el sismo casi nunca aparece como colapso masivo de edificaciones, sino como ladera que cede, carretera que se corta y pueblo que queda incomunicado; suelos saturados por la lluvia y un movimiento moderado que funciona como detonante de deslizamientos. Ocurre, sin embargo, que la gestión del riesgo se sigue diseñando desde la mirada de la ciudad: los mapas de microzonificación, los simulacros multipeligro y hasta los formularios de empadronamiento asumen manzanas, calles y lotes, cuando en Río Negro, en Mazamari o en las comunidades asháninkas del Ene y del Tambo, la casa es de madera y calamina, dispersa en chacra, con acceso por trocha. Que ese material resista mejor el sacudimiento no vuelve segura a la familia: el peligro simplemente se muda al camino, al puente artesanal, al talud y a la imposibilidad de sacar a un herido.

Súmese a esto una coincidencia de calendario que exige lectura política: especialistas en infraestructura hidráulica advierten sobre un fenómeno de El Niño de gran intensidad entre enero y abril de 2027. El Ejecutivo ya instaló una comisión nacional para ese escenario con 1900 puntos críticos identificados en cauces de ríos, de los cuales se priorizarían apenas 569, de modo que un territorio con laderas fracturadas por un sismo que en pocos meses recibirá precipitaciones extraordinarias no enfrenta dos amenazas sucesivas, sino una sola encadenada. Mientras tanto, el decreto de emergencia contempla una línea que pasó casi inadvertida: las acciones se financian con cargo al presupuesto institucional de las entidades involucradas, sin recursos adicionales del Tesoro Público, así que regiones y municipios deberán reasignar lo que ya tenían. Para distritos con equipos técnicos mínimos y ejecución presupuestal históricamente baja, la declaratoria opera entonces como una habilitación administrativa antes que como respaldo financiero, sirve para comprar rápido y recibir donaciones, no para reconstruir. Ahí está, en el fondo, el punto débil del modelo, la respuesta está razonablemente normada, pero la prevención sigue repartida entre entidades que no se hablan, se declara la emergencia después del daño, se reparten calaminas y colchones, se firma un acta y el ciclo se cierra hasta el siguiente temblor, mientras que la reconstrucción choca con trabas que ningún decreto resuelve solo.

Sin título saneado no hay bono de vivienda ni crédito, así que el damnificado vuelve a levantar lo mismo, con los mismos materiales y en el mismo terreno, en un país donde el 73% de las viviendas se edificó sin licencia y solo el 4% recibió alguna sanción. A eso se suman las fajas marginales y las laderas inestables que siguen ocupadas porque no existe oferta de suelo seguro donde reubicar a las familias; mientras los fake news hacen lo suyo provocando alarma en la población ante la ausencia de información oficial.

Detrás de todo esto sigue el asunto mayor: frente a la costa central persiste una zona de acoplamiento que no libera energía desde 1746, con escenarios técnicos que proyectan un evento cercano a 8,8 grados y simulaciones oficiales que hablan de decenas de miles de fallecidos y medio millón de edificaciones destruidas, casi todo en Lima. Allí asoma la paradoja que la sierra y la selva central conocen de memoria: cuando llegue ese día, el aparato estatal se volcará entero hacia la capital y las regiones que hoy reciben atención tardía dejarán de recibirla.

Por eso la mirada desde Junín, Huancavelica y Pasco no puede ser la del espectador. La resiliencia del centro del país no vendrá en brigadas enviadas desde Lima, sino de la capacidad instalada aquí, con equipos técnicos permanentes en los gobiernos regionales, municipios que fiscalicen antes de que se levante el muro, universidades locales produciendo estudios de suelos y comunidades preparadas para sostenerse solas durante las primeras setenta y dos horas. Anticiparse, en este caso, es una condición de supervivencia.

 

 

desco Opina – Regional / 14 de agosto de 2026

descocentro 

Mediocridad y recentralización

 

La reciente inauguración del puente de la carretera Arequipa – La Joya es una buena noticia. Mejorará la conectividad regional, reducirá tiempos de viaje y fortalecerá la articulación logística entre Arequipa y el corredor hacia Matarani, Puno, Cusco y otras regiones del sur. Sin embargo, dejando de lado la pompa de la inauguración, este acto nos hace preguntarnos ¿por qué una infraestructura de esta importancia necesitó tantos años, múltiples paralizaciones, adicionales de obra y reiteradas observaciones técnicas para acercarse a su culminación? Acercarse, es un decir, porque ya han pasado seis administraciones regionales y no se logra terminar.

Lamentablemente, lo que pasa con la carretera Arequipa – La Joya no es una excepción. Es la consecuencia de uno de los mayores problemas de la inversión pública peruana: la incapacidad del Estado (en todos sus niveles) para ejecutar proyectos de manera oportuna y eficiente. Las obras paralizadas no solo inmovilizan miles de millones de soles de recursos públicos, sino que retrasan servicios esenciales, encarecen la inversión, pero, sobre todo, erosionan la confianza ciudadana en las instituciones. Por eso es común escuchar que el gobierno regional no hace nada, o la municipalidad o el ministerio.  

La Contraloría General de la República viene alertando desde hace varios años sobre la magnitud de este problema mediante informes y también en su portal web. Actualmente, a nivel nacional tenemos 634 obras paralizadas que tienen un valor conjunto de S/. 9211 millones. Cusco ostenta el triste récord de ser el departamento con el mayor número de obras paralizadas, 187 proyectos que representan la inmovilidad de S/.1060 millones de los recursos públicos.

Las causas se repiten con preocupante frecuencia. En una reciente exposición de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en el evento “Conectar el Estado: articulación multinivel y sistemas públicos para cerrar brechas territoriales” se mencionó que entre las principales causales de la paralización de proyectos de inversión pública en el país están: la programación presupuestal insuficiente para la continuidad, las controversias legales o arbitrales, el quiebre financiero contractual por pagos pendientes y los expedientes técnicos insuficientes (o mal hechos). Lo más preocupante es que gran parte de estas dificultades se pueden identificar antes del inicio de las obras.

El caso del puente Arequipa – La Joya resulta particularmente ilustrativo. La obra se gestó durante el gobierno regional de Vera Ballón, en el de Guillén Benavides se culminó con el expediente técnico, y recién se inició en el gobierno de Osorio Delgado en octubre de 2017, con un presupuesto superior a los S/ 107 millones y un plazo contractual de 510 días. Sin embargo, durante su desarrollo se aprobaron adicionales de obra y se registraron paralizaciones, resoluciones contractuales, reactivaciones y controversias judiciales que encarecieron el proyecto. Según data del Sistema de Seguimiento de Inversiones del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), el proyecto tiene un costo de inversión actualizado de S/ 914.8 millones. A esto, hay que añadirle las múltiples denuncias de corrupción y de invasiones de terrenos en zonas aledañas, que la han acompañado durante todo su trayecto de ejecución.

Lo alarmante es que varios de los proyectos de inversión pública que se ejecutan en la actualidad presentan uno o más de los problemas mencionados en el proyecto de la carretera Arequipa – La Joya. No se trata de ineficiencias exclusivas de obras de gran complejidad. Esta situación revela una debilidad más profunda: la insuficiente calidad de los expedientes técnicos y la escasa capacidad institucional para gestionar proyectos.

El estudio Políticas de Desarrollo Regional en Perú de la OCDE, recomienda que el país fortalezca la gobernanza multinivel, mejore la coordinación entre los distintos niveles de gobierno y desarrolle capacidades técnicas permanentes para formular y ejecutar inversiones públicas. Sin embargo, la reciente presidenta electa, Keiko Fujimori, quien ha anunciado que reivindicará el gobierno de su padre en su gestión, es posible que implemente políticas que recentralicen el poder, evitando que se puedan resolver estos escollos en las gestiones subnacionales. Quizá volveremos a ver la acumulación del poder en un ministerio de la presidencia, con otro nombre, pero con las mismas artimañas para usar las alianzas estratégicas regionales como ejercicio de un clientelismo ramplón.

La descentralización necesita ir acompañada de instituciones más sólidas, mejores sistemas de planificación y equipos profesionales especializados, fundamentalmente en gobiernos regionales y locales que administran una parte significativa de la inversión pública. Quizá así, el cronograma de un proyecto de inversión pública se pueda cumplir sin complicaciones.

Sea cual sea la decisión del gobierno nacional, la ciudadanía tiene una tarea: vigilar la ejecución presupuestal. Recientemente la cooperación suiza ha inaugurado el portal de Alertas de Obras Públicas Paralizadas en el Perú con una base de datos de organismos oficiales. En él, cualquier persona puede monitorear los proyectos paralizados en los tres niveles de gobierno, además de ver cuánta es la cantidad de la población potencialmente afectada.

Celebrar la culminación de una obra siempre será motivo de satisfacción, pero sería un error conformarnos con el acto simbólico y no preguntarnos por qué tardamos tanto en concluir proyectos que debieron estar al servicio de la ciudadanía mucho antes. Debemos exigir que cada inauguración venga acompañada del acta oficial de cierre de proyecto, un trámite inconcluso de muchas obras, y que son un pasivo que se hereda de gestión en gestión.

Es imprescindible corregir las deficiencias estructurales en la formulación de proyectos, mejorar la calidad de los expedientes técnicos y fortalecer la capacidad de gestión pública para culminarlos con eficiencia, de lo contrario difícilmente seguiremos sonriendo en las fotos de inauguración.

 

desco Opina – Regional / 17 de julio del 2026

descosur

lunes

¿Dónde están las y los candidatos?

 

Estamos en un año electoral previo a las elecciones generales, ello es evidente; sin embargo, en la selva central del país hay una prioridad por la promoción de las candidaturas a las alcaldías y a los gobiernos regionales, a pesar de que cronológicamente esas elecciones son posteriores, en octubre de 2026.

Según el cronograma electoral, el 1 de setiembre de 2025 será el último día para que los partidos políticos informen a la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) sobre la modalidad de las elecciones primarias que implementarán. Era de suponer entonces que, al faltar menos de un mes, las precandidaturas a senadores y diputados ya se hiciesen visibles; sin embargo, esto no ocurre, evidenciando un posible desinterés en esta parte del país sobre estos comicios. De los 43 partidos políticos hábiles para postular, aun en alianzas, no todos cuentan con cuadros políticos “candidateables” a nivel regional, y los que existen están priorizando postular a los cargos regionales o provinciales; así, resulta un misterio conocer quiénes ocuparán los lugares de las listas al Congreso.

Hay que tener en cuenta que en las elecciones generales del 12 de abril del 2026 los partidos que no alcancen al menos cinco por ciento de los votos válidos a nivel nacional o si no logran asegurar la elección de al menos cinco representantes al Congreso en más de una circunscripción electoral, no sólo serán excluidos de la asignación de escaños, sino que perderían la inscripción de su organización política, por lo que no podrían lanzar candidaturas a gobernadores o alcaldes. Si una agrupación política pierde la inscripción, de nada servirá que los actuales aspirantes a los sillones regionales o municipales estén preocupados en cargar bebés y besar abuelitas, porque todo ese trajín puede no servirles para nada. No se requiere ser pitoniso para señalar que luego de los resultados de las elecciones generales del 12 de abril del 2026, de los 43 partidos políticos hábiles, a lo sumo solo unos diez de ellos sobrevivirán con inscripción. Dicho esto, muchos candidatos a las alcaldías y gobiernos regionales como en el caso de la región Pasco, podrían quedarse con los “crespos hechos” y sin partido hábil que los mantenga en carrera por los sillones municipales.

El número de postulantes al Congreso no es nada bajo, por lo que llama la atención el poco interés que se hace visible en las localidades de la selva central. Al confirmarse las cinco alianzas electorales, se tendrían que conformar 37 listas, por lo cual se requeriría cubrir 2220 postulantes a senadores (60 x 37) y 4810 candidatos a diputados (130 x 37); además de los 555 (15 x 37) postulantes al Parlamento Andino. Todo esto nos da una cifra de candidatos bastante alta: 7565. No será raro encontrar candidatos que desconozcan que han sido incorporados a las listas, tal como ocurrió en las elecciones generales del 2021, ya que los partidos buscarán completar apresuradamente sus listas congresales aun de manera forzada.

Es evidente que en las dos últimas décadas existe mucho desprestigio entre quienes ostentan puestos congresales, y es probable que ello influya en el poco interés de la población por esas postulaciones. Mientras tanto, las calles de varias localidades de la selva central empiezan a llenarse de anuncios con candidaturas a los gobiernos regionales y las alcaldías, a pesar de que hasta el momento no se ha definido la fecha para esa elección de finales del 2026. Lo cierto es que las y los ciudadanos de todas las regiones del país desconfían de aquellos que aparecen cada cinco años prometiendo solucionar las problemáticas locales, tal y como dice un viejo tango “yo sé que ahora vendrán caras extrañas, con su limosna de alivio a mi tormento”. Esperemos que en las próximas semanas la situación cambie, porque de lo contrario, al desconocerse a los candidatos a senadores y/o diputados, el destino del voto será muy incierto e irremediablemente, se elegirá a unos perfectos extraños que nos darán más de lo mismo.

 

desco Opina – Regional / 18 de agosto de 2025

descocentro

viernes

La salud es un asunto político

La situación es muy grave. Como inicia la crónica que publicó el diario argentino Página 12 sobre Perú, “regresa la pesadilla”. Continúa, “otra vez hospitales saturados, enfermos que mueren sin poder ser atendidos, largas filas para comprar oxígeno en negocios privados que aprovechan que para miles conseguirlo es la diferencia entre vivir o morir para especular con su precio, mientras las autoridades observan sin actuar porque dicen que el modelo defiende el libre mercado”.

Entonces, no había excusa para dejar de intervenir, pese a la indolencia de los empresarios y los desatinos del ministro de Economía. Volvemos a cuarentena que, en principio, para calmar iras, aparenta ser «focalizada» y si bien se hará solo en diez regiones, el hecho es que afecta a más de la mitad de la población del país. La verdad del asunto, no es estrictamente focalizada porque no estamos en capacidad de hacerla. Es, en suma, tener fe a que el resultado sea algo positivo. Nada más.

Pero, debe guardarse los equilibrios en el análisis y considerar también varias acciones previas del gobierno de transición que, creemos, están en la dirección correcta. Una de ellas, muy importante y poco publicitada, fue la reunión de la premier Violeta Bermúdez, con un conjunto de alcaldes de Lima Metropolitana y provincias además de algunos gobernadores, el 12 de enero, para coordinar acciones contra la segunda ola de la pandemia. Entre otros, estuvieron presentes el alcalde de Lima, Jorge Muñoz, y el presidente de la Asociación de Municipalidades del Perú (AMPE), Álvaro Paz de la Barra. También asistieron el presidente de la Red de Municipalidades Urbanas y Rurales del Perú (Remurpe), y representantes del Congreso de Alcaldesas y Mancomunidades Municipales de Lima.

De alguna manera, esto es una respuesta a los requerimientos que fueron dándose incluso hasta el mismo día que el Gobierno central decidió el nuevo confinamiento. Por ejemplo, Miguel Palacios Celi, decano del Colegio Médico del Perú, propuso “cuarentenas focalizadas”. Precisó que, de los 1874 distritos existentes en el país, se ha identificado hasta el momento alrededor de 100 que actualmente deberían estar "cercados y con todas las medidas sanitarias del cerco epidemiológico".

Una segunda exigencia del gremio médico es el fortalecimiento del sistema de salud, sobre todo en los centros de oxigenación temporal, donde actualmente se encuentran solo 38 camas pese a la alta demanda de la población por este recurso importante. Un tercer aspecto contemplado por Palacios es la formación de una comisión que convoque a las organizaciones de la sociedad civil y los gobiernos locales "para trabajar con el Estado y poder hacer una gestión concertada".

Sobre esto último, es más que evidente que cualquier estrategia contra la pandemia, exige que los gobiernos locales se presenten como los principales protagonistas de las mismas. En otras palabras, solo ellos pueden trazar, identificar, aislar y poner en cuarentena a la población, en un sentido realmente focalizado. En esa línea, hay iniciativas loables, como la que está llevando a cabo Alberto Tejada, alcalde de San Borja, cuya administración está levantando un censo distrital que alimenta un observatorio, permitiendo la difusión de información confiable y aumentar los niveles de seguridad. Cabe señalar, que este Observatorio Municipal es el primero entre los gobiernos locales y permite la geolocalización de los casos confirmados de coronavirus en el distrito.

Al respecto, tenemos casos resaltantes que deben estudiarse. Por ejemplo, la gestión realizada por el gobierno regional de Kerala, en India. Conducido por comunistas, Kerala es un territorio con fronteras porosas, un gran número de trabajadores migrantes y una economía dependiente de las remesas de una enorme población expatriada –particularmente en los países del Golfo Persa– que continuamente está entrando y saliendo del país.

Aun así, logró controlar la propagación del virus mucho mejor que en el resto de India, pudiendo aplanar la curva en tan solo cuatro meses después de haberse detectado el primer caso. En cifras, este Estado en el que habitan 35 millones de personas tuvo apenas 524 casos y 4 víctimas debido, al parecer, al estricto y temprano confinamiento, seguido de una rigurosa estrategia de rastreo, elaboración de mapas de rutas de personas que llegaban del exterior, instalación de lugares donde lavarse las manos y centros de atención por doquier para inmovilizar a las personas que buscaban desplazarse. En pocas palabras, implementaron la estrategia que ahora se conoce como “la caza del virus”, es decir, no esperar diagnosticar los casos cuando las personas acuden a un centro de salud, sino buscarlos en sus viviendas y demás lugares de residencia.

Pero lo que realmente hizo la diferencia, según los expertos, fue el robusto sistema de salud pública de Kerala –construido a lo largo de los últimos 50 años– y la cultura de una pujante democracia afincada en las bases y con el poder delegado efectivamente en los concejos comunales. Así, en el auge de coronavirus en Kerala, 170 000 personas fueron puestas en cuarentena, bajo estricta vigilancia y visitadas por trabajadores de la salud. Las que no tenían baño en casa fueron acomodadas en unidades de aislamiento improvisadas, con el costo asumido por el gobierno. El gobierno local también acomodó y alimentó a 150 000 trabajadores migrantes de Estados vecinos que se encontraron varados, para luego enviarlos en trenes fletados a sus casas.

 

desco Opina / 29 de enero de 2021

 

El lenguaje militar, el incentivo del miedo y el temor al darwinismo social




Las crisis tienden a centralizar las decisiones e incentivar las coordinaciones verticales. Esto es lo que en lenguaje militar se llama Comando Conjunto. Asociado a ello, un aspecto contemporáneo importante es plantear la guerra a «enemigos invisibles», que en sentido estricto no existen. Por ejemplo, George Bush, luego de los sucesos de setiembre de 2001 le «declaró» la guerra al terrorismo mundial. El resultado visible de esta decisión con objetivo tan etéreo, fue el aumento imparable del gasto militar hasta la actualidad, a partir de la noción de securitización –no hay desarrollo sin seguridad– y de la teoría de los estados fallidos (ahora perfilado como “territorios fallidos”).
Esta situación general adquiere características propias con algunos factores culturales que perviven entre nosotros, como el tutelaje, que a decir de Guillermo Nugent, es una situación en la que no hay “diferencia de opiniones”, sino de reclamo del “privilegio de opinión”; en la que cierta voz cree estar en condiciones de sustraerse a un debate público por ser poseedora de un estatuto tutelar ante las eventuales confrontaciones que puedan darse entre sectores de la sociedad civil y las instituciones públicas.
Parece necesario referirse a este marco para comprender por qué recurrimos a «lo militar» como forma de gestionar una crisis como la que estamos experimentando actualmente, sin dejar de apuntar que no es algo privativo de nosotros los peruanos, aun cuando haya elementos específicos.
El 21 de marzo, el capitán EP Christian Cueva fue protagonista de la detención violenta de un grupo de personas que, previamente, habían agredido a un policía. Ello encendió un reguero de posturas a favor y en contra de lo sucedido aunque, a decir verdad, lo importante fue que dio ocasión para promulgar dispositivos legales sobre el uso de la fuerza, la proporcionalidad de la misma y la idoneidad de los agentes públicos que portan armas de fuego. También se fijó la jurisdiccionalidad del Fuero Militar-Policial, algo que los peruanos no discutíamos desde los años 80.
Días después, el 25 de marzo, el presidente Vizcarra insiste en que estamos en “guerra” buscando organizar una respuesta adecuada a los estragos causados por la pandemia en nuestro país, homologando administración de la crisis con militarización del Estado. Sin embargo, los días pasaron y los resultados de la aparente decisión, fuerza y centralización que quiso el Ejecutivo, no obtuvieron el resultado deseado, generando crecientes críticas desde la derecha peruana.
Tuvimos que esperar un mes –27 de abril– para encontrarnos con una respuesta categórica a las formulaciones castrenses del Presidente, provenientes de un ex Presidente del Comando Conjunto, el almirante Jorge Montoya. Su crítica estimó que si estábamos ante una “guerra”, lo que cabría constitucionalmente era convocar al Consejo Nacional de Defensa y Seguridad y con ello sugerir la necesidad de verticalizar las relaciones entre el gobierno central y las instancias subnacionales.
Montoya indicó que debía darse prioridad al planeamiento, organizar las cadenas de suministros y diseñar el control de los territorios. Como podrá suponerse, todo esto no es sino militarizar el Estado, algo a lo que seguramente apeló el Presidente sin proponérselo. A veces es lo que sucede cuando se termina confundiendo la metáfora con la realidad, porque no se tiene claridad sobre lo que está pasando.
Los más entusiastas con la opción de militarizar el Estado no provienen necesariamente de las Fuerzas Armadas. Columnistas del diario más antiguo del país, afirmaron que en efecto había que centralizar y poner fuerza en las decisiones, apartando, en lugar de integrar, a las autoridades regionales y locales. Aunque la actuación de estas autoridades viene dejando mucho que desear, dada la apuesta política del gobierno, lo obliga a responder la siguiente pregunta: ¿si es malo con ellas, no sería peor sin ellas?
Lo que no imaginan ni el presidente Vizcarra ni el almirante Montoya, es que hay tres premisas que permiten afirmar que sus propuestas de orden y centralización de las decisiones no funcionarán: la incertidumbre, la inestabilidad y la ausencia de información, porque además de tener un Estado que produce poquísima información, la naturaleza misma de la situación actual no permite proyectar con algo de claridad.
En esta situación, lo peor es perder la confianza de la población por administrar información inexacta o falsa. El señalamiento de IDL Reporteros sobre la cantidad de muertos es algo que debe tomarse en cuenta. De la misma manera, lo relativo a la insuficiente cantidad de pruebas, la corrupción policial y el hecho de no haber previsto el retorno interno de la población. Decir la verdad no hace daño bajo ninguna circunstancia.


desco Opina / 8 de mayo de 2020