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El gobierno y la oposición: ¿más de lo mismo?

 

La encuesta de la tercera semana de septiembre del IEP, ratificaba los resultados que días antes mostraron otras dos mediciones. La aprobación de Keiko Fujimori, a sesenta días de su anhelada instalación en la Plaza de Armas, había sido claramente superada por su desaprobación. 37% de las personas encuestadas aprobaba la gestión, mientras que 49% la desaprobaba, porcentaje que se elevaba hasta el 62% en el sur del país. 52% de los encuestados percibía que el gobierno representa “más de lo mismo”, mientras que 33% consideraba que representa un “cambio”, percepción instalada en Lima Metropolitana y en el nivel socioeconómico A/B).

La caída no sorprendía. La misma medición evidenciaba la percepción de un gobierno poco o nada capacitado para responder al fenómeno de El Niño y gestionar la inseguridad. A la misma hay que sumar otros factores entre los que destacan claramente las limitaciones de la mandataria y la mediocridad del Ejecutivo, la evidente falta de ideas de un gobierno que pugnó durante 15 años por serlo, desnudando su carencia de cuadros básicos, así como su indisimulable papel en el poder desde la administración de Boluarte, que se expresa en el reciclaje de funcionarios en la administración pública.

En este escenario, la apuesta fujimorista por una delegación de facultades muy amplias y sin contenido específico, para polarizar con el Congreso, aparecía como una estrategia suicida, a pesar de la probada experiencia naranja en reclutar opositores, como lo hicieran desde el primer día en la elección de la presidencia del Congreso. El costo inmediato ha sido en su aprobación y en la presión de sectores de su barra brava, que amenazan con los riesgos para la estabilidad política gubernamental si la gente cree que la presidenta es Dina II, alentando la necesaria afirmación de su autoridad  

El primer ministro, Luis Galarreta, empezando la semana, en medio de la moción de censura del ministro del Interior y de la resistencia al pedido de facultades legislativas impulsadas por la oposición al Ejecutivo, advirtió que el gobierno había mantenido “paciencia democrática y actitud republicana hasta el momento”, denunciando el “obstruccionismo” de algunos sectores y pidiéndole a la mandataria respaldo frente a los legisladores que se oponen a la delegación de facultades, dando la batalla política.

El problema para el gobierno es que no solo la oposición “obstruccionista” se resistía a otorgar las facultades. Lo hacían, incluso, sus socios de Renovación Popular que difícilmente se la jugarán por el Ejecutivo sin condiciones, como lo subrayó López Aliaga en su respuesta pública al candidato fujimorista a la municipalidad metropolitana. Galarreta no falta a la verdad, aunque abandona su tono republicano, cuando sostiene que en ninguna parte está establecido que las facultades legislativas sólo se pueden pedir para lo más urgente; olvida, sin embargo, que fueron la mandataria y él, quienes anunciaron el pedido en esos términos, acabando enredados en su anuncio y en los mecanismos constitucionales ideados, impulsados y aprobados para la bicameralidad por Fuerza Popular y sus socios en el Congreso anterior. Más grave aún, parece creer que sin las facultades extraordinarias, el gobierno se paraliza y no puede gestionar ni decidir, ignorando, por ejemplo, los decretos de urgencia, como les han recordado distintos políticos y analistas.

Para suerte del gobierno, que no puede esconder su carácter de continuidad, las oposiciones en el Congreso se vienen dejando llevar por la misma lógica. Muy pronto se dejaron atrapar por la escena oficial; la delegación de facultades y la inseguridad ciudadana se convirtieron en sus campos privilegiados. Como poder del Estado no han dicho nada sobre las movilizaciones y paralizaciones en distintas regiones del país ante el alza de los combustibles; callaron ante el ridículo anuncio de una educación sin “ideología” como parte del ataque que empezó con el LUM como centro; el silencio por la incorporación del país al Escudo de las Américas, la visita de Rubio, la ridícula ruptura de relaciones diplomáticas con Irán o la indignante abstención en la votación sobre la participación palestina en la Asamblea General de la ONU, ha sido la única respuesta a esos hechos que evidencian la subordinación de nuestra política exterior y que ciertamente desnudan una manera de gobernar, que seguramente se agravaría con las facultades extraordinarias.

Las oposiciones, aparentemente convencidas de que la política se hace y decide en los espacios que ocupan, en los medios masivos que mayoritariamente los acusan de obstruccionistas e incapaces, así como en las redes sociales como se observó claramente a lo largo de la campaña, se mantienen distantes de la sociedad, de sus demandas y necesidades; se olvidaron de promesas elementales que hicieran cuando candidatos como la eliminación de las leyes procrimen o de impunidad. Para peor, sus debilidades de origen afloraron con fuerza los últimos días. Ricardo Belmont y Alfonso López Chau, actuando como dueños de sus agrupaciones, tras negociar con el Premier, retiraron sus votos de la censura al ministro del Interior, a la vez que Renovación Popular, Obras y Buen Gobierno presentaron textos sustitutorios en la Comisión de Constitución, buscando un consenso que otorgue facultades únicamente en materias prioritarias y acotadas. Renovación contempla 10 materias, 2 más de las solicitadas, Obras 5 y Buen Gobierno 2, inseguridad y el fenómeno de El Niño.  En otras palabras, las oposiciones tampoco parecen alejarse mucho de la continuidad.

Hasta hoy, el régimen político consolidado los últimos cinco años, goza de buena salud. Los anuncios de cambio de quienes están en el gobierno y en las distintas oposiciones parecen distantes y en la escena oficial no nos alejamos del tiempo Boluarte.

 

 

desco Opina / 2 de octubre del 2026