Un rápido balance de la primera vuelta electoral nos indicaba varias cosas. En principio, la suma de los votos válidos de Fujimori y Sánchez no alcanza el tercio de los votos válidos y por lo menos el 25% del electorado con voto válido se quedará sin representación, lo que afecta inevitablemente la legitimidad del nuevo gobierno, que estará obligado a buscar consensos con otros grupos, si quiere ganar la segunda vuelta, pero, sobre todo, si pretende gobernar.
En la
primera vuelta Sánchez ganó en 1094 de 1874 distritos y Fujimori en 583, pero
recordemos que Castillo lo hizo en 1262. Los distritos que votaron por Sánchez
son mayoritariamente serranos y su población es menor a 20,000 habitantes; los favorables
a FP están en la costa y la selva y tienen más de 100,000 habitantes. El
porcentaje de Sánchez crece en los distritos más pobres, mientras el de
Fujimori lo hace en los menos pobres. Más de un tercio de quienes viven en
distritos donde mayoritariamente votaron por Sánchez, tienen el quechua como
lengua materna mientras que en el caso de FP llegan al 6%. Más allá de los
perfiles que resultan de la primera vuelta, es claro que ninguno de los dos
candidatos entra a la segunda vuelta con mayores ventajas y el proceso estará
marcado hasta el final por la incertidumbre, la polarización y la desconfianza
que seguirán creciendo.
En segundo
lugar, la primera ronda deja ya un escenario paradójico. El sistema electoral
fue cambiado para asegurar la reproducción de sus diseñadores, pero la mayoría
de ellos desaparecieron electoralmente, quedando un esquema institucional más
complejo, fragmentado y potencialmente más conflictivo, lo que obliga a
preguntarse si será posible gobernar con las reglas vigentes en un escenario
que seguirá polarizado. Lo que es claro es que la composición del nuevo
Congreso, obligará a quien sea gobierno, a una negociación constante. En tercer
término, el país no votó programáticamente, ni por ideas; lo hizo como una
sociedad fracturada, precarizada y desconfiada de quienes la gobiernan, de la
política y los políticos.
En este
escenario, a 18 días del balotaje, las cifras que mostró la primera encuesta que
circuló, realizada el 16 y 17 de mayo, mostraba cierta
mejora en las preferencias a favor de la señora K, 39%, frente al 35% del
candidato de JP, muy cerca del margen de error. El porcentaje de quienes
definitivamente o probablemente votaría por ella llegó a 44%, mientras el de
Sánchez lo hizo a 39%; 48% definitiva o probablemente no votaría por ella y 47%
no lo haría por él. La encuesta evidencia que una gran mayoría no le tiene particular
confianza a ninguno de los dos; en el caso de que necesitaran que alguien
cuidara sus casas y sus pertenencias, 52%
responde que no le daría las llaves a ninguno y 41% responde que no le gustaría
invitar a cualquiera de los dos.
Así las
cosas, el fujimorismo, apoyado por las diversas derechas, basa su
estrategia en una narrativa dura de orden y seguridad, que combina las formas
“cuidadosas” que su candidata prioriza ahora, buscando
construirse una imagen de empatía y diálogo, como lo evidenció en sus
instrumentales visitas a una comunidad ayacuchana o al ex presidente PPK, con
la reivindicación plena del gobierno de su padre, anunciando que el orden
estará para ella, siempre por encima de la libertad y la democracia. Sánchez,
por su parte, ha apostado por buscar correrse paulatinamente al centro y ha ido
sumando, no sin dificultad, alianzas y apoyos (Venceremos, Ahora Nación,
Primero la Gente, Obras, Cooperación Popular y un sector del Partido Morado).
Evidencias del temor que generan los movimientos del candidato los encontramos
en la campaña de demolición, emprendida por la mayoría de medios tradicionales
de comunicación, tan grosera en algunos casos, que terminan beneficiándolo. Más
importante aún, declaraciones recientes de la señora K, insistiendo en que le
robaron las elecciones el 2021, parece el inicio de un argumento, ante la
eventualidad de una derrota.
El reciente
debate entre los equipos de ambas agrupaciones terminó en un empate virtual en
el que las mayores capacidades técnicas, las exhibieron los profesionales que
fueron incorporados para la segunda vuelta en los dos casos. En un intercambio
de algunas propuestas para el país y muchos puyazos políticos, resultó preocupante el afán de los participantes naranjas por
mostrar la década de los noventa del siglo pasado como un tiempo exitoso, como
buscando reescribir la historia, evidenciando que, para seguir en el poder,
tienen que instalar un relato que encubra sus responsabilidades y disimule las
confesiones involuntarias que salen de sus filas. La versión 2026 de “nosotros
matamos menos” del ex congresista Trelles, la protagonizó el electo senador
Torres al afirmar
que Pedro Castillo “no se vacó solo”, sino que fue responsabilidad del
Congreso, el Ministerio Público y un sector de la prensa.
El escenario
para el nuevo gobierno, cualquiera que fuere, será muy difícil, cuando
confluyen el desplome del Estado, el vaciamiento de contenido de la democracia
y sus instituciones, la desconfianza absoluta en la política; polarización
extrema y fragmentación social, el crecimiento acelerado de las economías
criminales y la inseguridad, en un mundo en el que Trump nos pretende como una
ficha más a ser alineada contra China, además del inminente fenómeno de El
Niño. Fujimori o Sánchez necesitarán negociar y construir acuerdos básicos con
sectores que no votaron por ellos para hacer viables sus gestiones sin recurrir
a la fuerza como siempre será su tentación, en el caso de la primera, para
evitar el bloqueo y liquidación de su gobierno, en el del segundo.
desco Opina / 29 de mayo de 2026