Mucho de la manera cómo
funciona nuestra ruinosa democracia, se evidenció en el reciente debate entre
los candidatos presidenciales. El esfuerzo por acercarle a la ciudadanía las
propuestas de los candidatos con el afán de facilitar y mejorar los canales de
representación, arrojaron como resultado la exposición de una absoluta orfandad
de argumentos e ideas. El problema, una vez más, tiene mucho de forma, pero es bastante
mayor en materia de contenidos.
Para 33 candidatos, de
los 36 en competencia, el estado de derecho, es decir, el marco normativo, la
debida gestión y los procesos transparentes en los que debieran competir, no interesan.
En esa línea, los que buscan alejarse de los actuales partidos congresales, señalaron
que una prioridad que tendría un eventual gobierno suyo, era la derogación de
las leyes pro crimen que aprobaron los integrantes del actual Parlamento.
Que los candidatos de
los tres partidos, “dueños” actuales del Congreso, que hicieron del Ministerio
Público la destrozada institución que vemos ahora, pasando del 18% de
desaprobación ciudadana el 2022 a 35% en el 2025, nos juren por todos
los santos que la Fiscalía debería
tener presupuesto autónomo (Acuña), ser blindada de
injerencias políticas
(López Aliaga) o que se le debe
garantizar su independencia funcional (Fujimori), fue sólo una aburrida manera de
llenar el tiempo que se les asignó en el debate, porque todos sabemos de los
enormes problemas que tienen los tres con esa institución y su escenario soñado
es probablemente que ni siquiera exista.
Este apego por la
desinstitucionalización, poniendo de lado cualquier atisbo de estado de
derecho, hace que, en términos generales, los candidatos entiendan la
inseguridad ciudadana, el mayor problema que nos aqueja hoy, como un tema
policial-militar que podríamos manejarlo mejor “saliéndonos del Pacto
de San José”,
expresando claramente sus limitaciones y su falta de creatividad. Peor aún, un
candidato autodefinido de izquierda, supone que esta situación amerita, incluso,
auspiciar la creación de
“comandos de aniquilamiento”.
A estas alturas,
deberíamos estar convencidos de que estamos ante un problema estructural que
requiere reformas profundas en justicia, participación ciudadana, policía,
coordinación interinstitucional y políticas sociales.
Sin embargo, lo planteado
está lejos de enfoques integrales, participativos y territoriales. Por ello, las
propuestas terminan siendo populistas, fragmentadas e inviables legalmente, lo
que explica por qué no logran convencer a la ciudadanía ni ofrecer soluciones
sostenibles.
De este decepcionante
panorama, escapan posiblemente Jorge Nieto, Marisol Pérez Tello y Mesías Guevara. Nieto propone además
de una reforma integral de la Policía Nacional con énfasis en la profesionalización,
la coordinación y articulación con gobiernos locales para reforzar la prevención
comunitaria, algo que escapa totalmente a la lógica represiva de los otros
candidatos. De igual manera, Mesías Guevara, emplea un enfoque territorial de
manera tal que el plan de seguridad ciudadana pueda adaptarse a las realidades
regionales y responder así a la diversidad territorial del país. En el caso de
Pérez Tello, planteó un enfoque integral, también bastante alejado de los
predominantes enfoques represivos: fortalecimiento institucional y de redes
comunitarias, transparencia y coordinación interinstitucional, para
profesionalizar la Policía, combatir la corrupción y atender las causas
sociales del delito.
No es que las
propuestas sensatas en términos de institucionalizarnos, reforzando el estado de derecho para generar ambientes más seguros no existan. El problema es que
predomina el discurso facilista, de corto plazo, que apela al sentido común,
resumido en el formulismo de “mano dura”.
Por eso, el pesimismo,
“el mal menor” de ayer o “el voto estratégico” de hoy, sólo favorece a la antipolítica
de los actores no democráticos. Aquellos que demuestran a cada paso que la
democracia y el estado de derecho no les importan, pero gritan fraude como si
la sospecha fuera su único plan de gobierno, aun cuando la realidad no les dé
motivo, como normalmente sucede.
Entonces, la cuestión
que se plantea a las ciudadanas y los ciudadanos en las próximas elecciones es
cómo recuperar el máximo de espacio cívico perdido en estas últimas décadas. El
voto no es ideológico, sino principista. La cancha, sin duda, está nítidamente
marcada.
desco Opina / 1 de abril de 2026