desco Opina / 13 de febrero de
2026
viernes
El Bukele peruano: del “chifagate” a la hamburguesa americana
Encargado presidencial, Congreso y contexto electoral
Perú enfrenta una crisis política de proporciones sistémicas. Nada menos
que el encargo de la Presidencia de la República al congresista Jerí recae en
un mandatario interino hoy señalado por serias sospechas de múltiples delitos,
lo que profundiza la percepción de ilegitimidad de las instituciones públicas y
amplifica la desconfianza ciudadana en el sistema político.
El
funcionario que hoy ocupa la Presidencia se encuentra bajo investigación por
una serie de presuntos ilícitos que incluyen al menos tres acusaciones: corrupción en la contratación pública, tráfico de influencias y
asociación ilícita mediante la posible existencia de redes que operan desde el
Estado para beneficio de ciertos grupos económicos y partidarios. Estas
acusaciones no solo afectan su legitimidad, sino que colocan al país en una
crisis de gobernabilidad: una vez más un presidente con investigación penal
enfrenta la obligación de responder a la justicia y, simultáneamente, dirigir
un Estado fracturado. Esta circunstancia no es un hecho aislado, sino el
resultado de un largo proceso de erosionamiento de la autoridad estatal, la
captura del Estado por redes clientelares y la normalización de prácticas
corruptas al más alto nivel.
El Congreso de la República, lejos de funcionar como un órgano de control
y equilibrio, se ha consolidado como el epicentro de un pacto
político-electoral mafioso que prioriza intereses particulares por encima del
interés general. Nos enfrentamos a la ambivalencia de muchos congresistas –y también
de las bancadas– que se manifiesta en la carencia de una postura ética clara:
se alterna entre la retórica de “defensa de la institucionalidad”, y el apoyo
tácito a prácticas que favorecen a los investigados, dependiendo de
conveniencias coyunturales.
También en negociaciones opacas sobre la continuidad o censura provenientes
del Ejecutivo, que han migrado de debates públicos a acuerdos informales entre
cúpulas partidarias. Constatamos así, una pasmosa inacción del poder
Legislativo frente a estos escándalos: más que fiscalizar, el Congreso ha
evitado investigaciones profundas que podrían implicar a sus propios miembros o
alianzas, priorizando la preservación del poder compartido.
El doble discurso del fujimorismo, Alianza para el Progreso y otros
actores de un sector de las izquierdas es innegable. El fujimorismo, por un
lado, se declara defensor del orden, la estabilidad y la lucha contra la
corrupción, mientras apoya acuerdos que preservan su influencia política,
incluso si implican avalar a figuras bajo investigación en un discurso que evidencia
una priorización del poder sobre la coherencia ética y la transparencia. De
forma similar, Alianza para el Progreso, bajo la conducción de César Acuña,
exhibe una retórica moderada y tecnocrática que pretende diferenciarse de las
acusaciones de corrupción generalizada, respaldando decisiones que favorecen la
permanencia del statu quo político,
diluyendo así cualquier postura de ruptura con el modelo de captura de poder que
se practica.
Todo esto se trenza faltando menos de dos meses para las elecciones
generales en un escenario caracterizado por un padrón de opciones excesivamente
fragmentado. Con casi 180 casilleros en la cédula de votación se complica la decisión racional de los electores, lo que sin duda producirá
un alto número de votos anulados por la complejidad de la boleta que se usará.
Asimismo, la fragmentación electoral beneficia a los grupos hoy
presentes en el Congreso, quienes además de disponer de más recursos para la
campaña, han diseñado el sistema y –más o menos– controlan al Jurado Nacional
de Elecciones. En este escenario, por ejemplo, la forma de elegir al Senado,
que es el centro del poder que se instale, beneficia la elección de cuatro
senadores por Lima, donde se concentra la votación de derecha extrema, como lo
evidencian las simpatías por López Aliaga.
Esto ocurre en medio de una campaña poco informativa en la que la
mayoría de candidaturas carece de propuestas claras y detalladas, centrándose
en lemas genéricos, en confrontaciones personales o trayendo propuestas francamente
estúpidas como la entrega de DNI a los fetos o la
construcción de un aeropuerto internacional en Oxapampa, entre las varias formuladas
por el candidato de Renovación Popular.
Finalmente, el ambiente de desencanto político ha generado un alto
desinterés electoral. Lo muestran todas las encuestas recientes que revelan niveles crecientes de apatía y de abstencionismo, particularmente entre jóvenes y sectores populares. Esto, a nuestro
entender, se explica por diversos factores como el serio déficit de información
a consecuencia de la carencia de medios efectivos de difusión de las propuestas,
y la inexistencia de una educación cívica robusta que permitiera a la mayoría
de votantes evaluar críticamente a los candidatos. A nadie sorprenderá entonces,
que esta situación probablemente desemboque en que muchos ciudadanos voten por
identidad de grupo, influencias mediáticas o endoses superficiales, y no sobre
la base de propuestas concretas o planes de gobierno viables. El resultado
previsible es el sacrificio de la calidad del proceso democrático y el
consecuente cuestionamiento de la legitimidad de los resultados, independiente
de quién resulte elegido por un electorado desinformado y desinteresado,
enfrentando una cédula de votación confusa y desarticulada.
Preocupa, sin duda, que este cóctel de factores nos conduzca a un ciclo
político por lo menos tan incierto como el actual, donde las decisiones tomadas
en las urnas no se traduzcan en estabilidad, transparencia o progreso
institucional para nuestra patria. Toca a los ciudadanos más conscientes hacer
un esfuerzo especial para intentar evitar este oscuro escenario ad portas.
desco Opina / 6 de febrero de
2026
La factura por la falta de prevención
Esta temporada de lluvias –que culmina
entre marzo y abril– ha dejado al descubierto que la gestión reactiva de
desastres tiene un costo humano y económico que es inaceptable. Mientras
Arequipa lamentaba pérdidas humanas y una infraestructura colapsada, además de
viviendas dañadas, Puno y Cusco enfrentaban emergencias paralelas que siguen el
mismo patrón de vulnerabilidad y prevención postergada. Los datos de ejecución
presupuestal del 2025 revelan una verdad incómoda: los recursos para prevenir
estaban allí, pero su implementación llegó demasiado tarde o nunca llegó.
A nivel nacional, para el tercer
trimestre del año 2025, el desempeño presupuestal Programa Presupuestal 0068 de
reducción de vulnerabilidad y atención de emergencia por desastres, fue bajo,
según un reporte del Ministerio de Salud. En Arequipa, el Gobierno Regional sólo ejecutó el
58,6% del presupuesto, según este reporte. Puno, por su parte, enfrenta una
emergencia de dimensiones distintas, pero igualmente devastadora. Las intensas
lluvias han afectado a miles de familias, con viviendas colapsadas, cultivos
anegados y comunidades aisladas. Según el reporte antes mencionado, a finales
de setiembre Puno había ejecutado el 54% de ese presupuesto. En Cusco, la
situación combina amenazas múltiples, además de las inundaciones en la capital
y provincias bajas, el departamento enfrenta riesgos de deslizamientos en sus zonas
altas. La ejecución presupuestal del Programa Presupuestal 0068 hasta setiembre,
revela que se ejecutó el 57%. Sabemos que no es el único presupuesto para
prevención y atención de emergencias, pero este reporte nos muestra que aun
montos que no superan los 4 millones de soles, en el caso de los departamentos
mencionados, no pueden ser ejecutados con efectividad.
El factor común entre estos grandes
departamentos del sur, que agrupan a más del 75% de la población del total de los
departamentos que conforman la Macrosur, es la desconexión entre la planificación
y la acción. La brecha burocrática está a la vista. Los técnicos del Centro
Nacional de Estimación, Prevención y Reducción del Riesgo de Desastres (Cenepred)
y de otras instituciones especializadas en riesgos y desastres, han señalado
repetidamente que la ventana ideal para ejecutar obras de prevención se ubica
entre abril y junio, inmediatamente después de la temporada de lluvias. Esta
ventana permite descolmatar ríos, construir defensas ribereñas y estabilizar
laderas con tiempo suficiente antes del siguiente ciclo de precipitaciones.
Sin embargo, la dinámica política
regional, los procesos de contratación dilatados y, en algunos casos, la simple
negligencia administrativa, convierten este ciclo técnico ideal en un calvario
burocrático. Para cuando las licitaciones se publican, los expedientes se
aprueban y las obras se adjudican, la siguiente temporada de lluvias ya está
encima. Así, lo que debería ser prevención se convierte en una carrera contra
el tiempo que, con demasiada frecuencia, se pierde. En pequeña escala, a nivel
de gobiernos locales, pasa lo mismo. Y es más grave aún en municipalidades
donde el personal técnico es limitado.
El año pasado se reportaron varios
incendios forestales en estos tres departamentos, siendo Cusco el que tuvo más
siniestros: 78, afectando hasta 779 hectáreas, según los reportes a junio del Centro
de Operaciones de Emergencia Regional. Sin embargo, Arequipa tuvo una
afectación casi tan grave como Cusco: 671 hectáreas con solo dos incendios. Y
por qué hablamos de esto, porque hay una interconexión en las negligencias, que
aumenta el peligro en esta temporada. Los incendios forestales, como los que vimos en las faldas del
Misti, no sólo son una
tragedia ecológica, sino que crearon las condiciones ideales para la activación
de quebradas –emitiéndose una alerta roja– poniendo en riesgo a la población por
la caída de huaicos en lugares sin contención. La vegetación que antes
amortiguaba el impacto de las lluvias y permitía la infiltración del agua
desapareció, dejando suelos desnudos, erosionados e inestables.
La cultura de la prevención engloba
varias acciones para mitigar el peligro ante la temporada de lluvias, como la
reforestación (no solo plantar la semilla, sino regarlas para que estas
crezcan), la construcción de diques de retención de sedimentos, la instalación
de sistemas de monitoreo en las quebradas afectadas y la planificación del
territorio con alternativas para que las personas que ya construyeron sus
viviendas en quebradas sean reubicadas. Además de promover campañas de
concientización para evitar los incendios forestales que, en su mayoría, se
deben a la negligencia humana.
La responsabilidad de esta cadena de
fracasos en la prevención es transversal. Los gobiernos regionales y locales
tienen la obligación legal y moral de ejecutar los recursos destinados a
proteger a la población. El centralismo en la toma de decisiones, como no entregar a tiempo los recursos,
la falta de capacidades técnicas en los equipos locales y la politización de la
gestión de riesgo, son obstáculos que deben superarse con urgencia.
La ciudadanía también tiene un rol que
cumplir. La demanda social debe orientarse no solo a solicitar una respuesta
eficaz durante la emergencia, sino a la exigencia constante de prevención antes
de la crisis. La rendición de cuentas sobre la ejecución del presupuesto destinado
a la gestión de riesgo debe ser un tema de debate público permanente en
diversos espacios, como las sesiones municipales, los presupuestos
participativos, las audiencias públicas, etc. y no sólo reclamarlas cuando las
lluvias ya causaron estragos en nuestras viviendas y calles.
La naturaleza no es impredecible en el
sur andino, sus ciclos son conocidos: después de unos meses de lluvias (que
traen inundaciones y huaycos), vienen las heladas. Lo verdaderamente
impredecible es cuánto tiempo más toleraremos la ausencia de la prevención en la
gestión pública regional y local. No se trata de repartir frazadas, víveres y
hacer campañas de ayuda humanitaria todos los años, sino de ser efectivos con
el presupuesto que se destina a la prevención.
desco Opina – Regional / 30 de
enero del 2026
descosur
Año Internacional de la Agricultora: ¿cambio o continuidad?
La declaración del 2026 como el Año Internacional
de la Agricultora abre
un debate importante para quienes nos vinculamos desde distintos roles a la
promoción del desarrollo de las sociedades rurales. La pregunta cae por su
propio peso: ¿servirá este año para trabajar por las brechas de género en las
zonas rurales o se limitará a una serie de actos protocolares y registros fotográficos
sin impacto real?
En un país con casi un millón de
mujeres en la fuerza del agro,
la respuesta depende de la implementación de medidas que vayan más allá de lo
evidente y de los actos puramente simbólicos. Según el Padrón de Productores
Agrarios - PPA (MIDAGRI, corte junio 2025), 45.6% de los productores agrarios
empadronados en el 2025 son mujeres. Territorialmente Puno es la región con
presencia mayoritaria con el 54.4%, seguido de las regiones Huancavelica
(49.67%), Ayacucho (49.58%), Huánuco (48.84%), Tacna (48.25%), Moquegua (48%),
Apurímac (47.61%), Junín (47.63%) y Cusco (45.55%), que tienen alta presencia de
mujeres productoras. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática -
INEI, 64.5% de los hombres rurales son
titulares de tierras, frente al 35.5% de las mujeres. Esta falta de propiedad
formal es el principal obstáculo para la inclusión financiera, ya que 91.9% de
los créditos agrarios exigen títulos como garantía. Estos son datos esenciales
para cultivar igualdad.
Tres aspectos se deben considerar
esenciales para trabajar el empoderamiento de las mujeres agricultoras: el cuidado que
limita su tiempo y genera sobrecarga de trabajo para participar en actividades
como capacitación y tener presencia en espacios de toma de decisiones. El cambio
climático asociado al impacto diferenciado que ocasiona, ya que de acuerdo con
el Plan de Acción en
Género y Cambio Climático del Perú,
las mujeres rurales enfrentan una mayor vulnerabilidad debido a que suelen
ocupar tierras de menor calidad y con menor acceso a recursos hídricos. La
escasez de agua y la pérdida de biodiversidad incrementan su jornada laboral en
la búsqueda de recursos, profundizando su precariedad. Finalmente, será clave
analizar las transiciones demográficas
y sus tendencias en los territorios rurales, así como sus implicancias en los
roles de género. El análisis de estos procesos significa un desafío esencial
para el diseño de políticas públicas considerando la evidencia.
Es importante aprender de lo avanzado y
corregir las medidas de política pública con evidencia; en este marco la Estrategia de Emprendimiento de la Mujer
Rural e Indígena es
clave. La estrategia permite identificar los cuellos de botella y corregirlos
para su rediseño, obteniendo lecciones aprendidas para otros productos
similares. Analizar el relacionamiento de las mujeres rurales con el Estado es
medular. Cabe señalar que un primer aporte fue trabajado por la FAO.
Para transformar el simbolismo en
cambios estructurales, es importante centrarse en los siguientes ejes
estratégicos: a) asegurar el acceso y la seguridad jurídica sobre la tierra y
el agua, fortaleciendo iniciativas de gestión hídrica con enfoque de género. Un
ejemplo es el proyecto Mujeres del agua. b) Implementar mecanismos de
financiamiento apropiados que faciliten el acceso a la innovación y tecnología.
Esto es esencial para alcanzar una sostenibilidad de facto mediante modelos de economía
circular, procesos en los cuales las mujeres son fundamentales debido a su
protagonismo en el desarrollo de la agroecología. c) Desarrollar estudios de
cadena que identifiquen roles específicos de género, permitiendo una asistencia
técnica ad hoc que responda a las necesidades reales de las productoras.
Existen avances en esta reflexión como lo vemos en las cadenas de café y cacao.
d) Potenciar los mercados de circuitos cortos que son los espacios de mayor
dominio femenino, consolidando la alianza cocinero-campesina que visibilice a
las mujeres como actoras centrales en la cadena, de tal forma de facilitar su
visibilidad.
Finalmente, es clave considerar la
agenda multitemática de las mujeres rurales; no sólo son productoras, por ende,
las políticas no deben centrarse únicamente en este rol. En este año será
importante trascender el rol meramente productivo, vinculando en la agenda
agraria aspectos de participación
política y erradicación de la violencia, elementos indisolubles de la
realidad y la autonomía de las mujeres productoras agrarias.
desco Opina / 23 de enero de
2026
Una política de aguas que hace agua
El pasado 9 de enero del 2026 se publicó la Resolución Ministerial N° 007-2026-Vivienda por la cual se aprueba la transferencia financiera de más de 52 millones de soles a favor de la empresa Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Lima (Sedapal) destinada a financiar la distribución gratuita de agua potable mediante camiones cisterna a la población del ámbito urbano que no cuenta con acceso al servicio de agua potable y que se encuentra en condición de pobreza y pobreza extrema, conforme a los criterios de priorización a nivel nacional y las zonas focalizadas.
En nota de prensa se
menciona que la decisión responde al esfuerzo conjunto entre la Presidencia de
la República, el Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento, y Sedapal,
orientada a cerrar brechas en el acceso a agua potable, especialmente en
sectores donde aún no existe
infraestructura de redes y donde la presencia del Estado es crucial. Al margen de ello,
podemos dar fe de primera fuente que el abastecimiento se da de manera
igualitaria a todos los pobladores, esto significa, el llenado de un tanque de
1100 litros en el mejor de los casos, pues si no cuentan con este repositorio,
se llenará aquel que la familia disponga. Este abastecimiento se hace una vez
por semana y una vez por vivienda, sin importar que en ella habite una familia
nuclear o extendida, provocando que el agua no alcance para las necesidades de
todos los habitantes, quienes consideran que es mejor pagar por un servicio que
les dote del agua que requieren, así como sucede en otras partes de la capital,
en donde habrá un alza en la tarifa a partir del mes de febrero.
Este incremento de
costo oscilará entre el 12% para hogares y el 20% en el sector industrial,
según informó la Superintendencia Nacional de Servicios de Saneamiento (Sunass),
y responde al cumplimiento del Decreto Legislativo N°1620, que ordenó aplicar
un rebalanceo tarifario (revisión de las tarifas) con el objetivo de que las
empresas prestadoras a nivel nacional, incluida Sedapal, cuenten con mayores
ingresos que permitan cubrir los costos de la prestación del servicio. En ese sentido, valdría
la pena preguntarse cuáles son los planes estratégicos que se manejan desde
esta empresa para dotar de agua a una ciudad que cuenta con alto nivel de
estrés hídrico y si el hecho de asignarle más recursos servirá para brindar un
servicio permanente y de calidad a quienes vivimos en ella. Esto, además de priorizar
un uso más adecuado de este bien que es tan escaso y, sobre todo, generar
conciencia de su uso para garantizar la sostenibilidad futura de la capital.
Qué podemos esperar de
una política nacional de agua y saneamiento, teniendo en cuenta que más de la mitad de los colegios
del Perú carece de agua potable y saneamiento adecuado, aproximadamente 38
000 colegios sin agua potable y más de 41 000 sin desagüe, en donde miles de
niños y niñas deben usar baños que ponen en riesgo su salud. Cerca del 18% de los
centros educativos del país dependen de ríos, acequias, manantiales y otras
fuentes para abastecerse del recurso hídrico, y más de 9000 mil instituciones
usan pozos sin tratamiento como desagüe. ¿Qué podemos esperar de una estrategia
que no tome en consideración otros sectores como salud, industria, comercio y
vivienda?
Soluciones aparecen
como un oasis dentro de un vasto desierto. La idea de contar en Ancón con una planta desalinizadora que
garantice servicio continuo a más de 570 000 personas en zonas vulnerables,
parece un paso adelante, para ello la Agencia de Promoción de la Inversión
Privada (ProInversión), requerirá una inversión estimada de US$ 204.77
millones, la cual será asumida íntegramente por el sector privado. Al tratarse
de una Asociación Público-Privada sin cofinanciamiento, el proyecto no
compromete recursos fiscales del Estado, permitiendo acelerar su
implementación. La infraestructura tendrá la capacidad de producir 86 400 metros
cúbicos de agua potable al día, lo que parece por demás interesante, pero dicha
planta desalinizadora está directamente vinculada al desarrollo del Parque
Industrial de Ancón (PIA), megaproyecto que se levantará sobre un terreno de
1338 hectáreas y que contempla una inversión estimada de US$ 1214 millones.
Habría que preguntarse
cuánto de esa agua sirve para la industria y cuánta para consumo humano solo
para poder tratar de entender si, en la relación costo beneficio, esta solución
es realmente sostenible. En ese sentido, quizá eso que pensamos será un paso
hacia adelante termina siendo todo lo contrario; por ello, la labor de cada uno
de nosotros como ciudadanos es velar por la coherencia, pertinencia y eficiencia
de lo que se propone, pues sabemos que los gobiernos de turno manejan el Estado
poniendo la carreta por delante del caballo, cuando de desarrollo sostenible
hablamos.
desco Opina - Regional / 16 de
enero de 2026
jueves
Lima atorada: una historia de bypass, trenes y peajes
En los últimos días viene
“circulando” información acerca de la construcción de un
viaducto de 1.8 km en la av. Javier Prado –una de las arterias más congestionadas
de la ciudad capital–, el cual conectará desde la av. Las Begonias hasta la av.
Arenales. Esta obra proyecta iniciar su construcción entre enero o febrero del
2026 y se prevé su culminación para finales del mismo año.
Esta obra forma parte
de los preparativos para la realización de los Juegos Panamericanos Lima 2027, la
cual proyectaba meses atrás, que la av. Javier Prado tendría tres bypass valorizados
en S/500 millones
para descongestionar el tránsito en distritos como San Isidro, Lince y Ate.
Esta noticia que en principio puede sonar alentadora, apuntando a liberar el
tráfico que sufren muchos limeños que transitan por esta vía de la ciudad,
puede terminar generando un efecto contrario al esperado, pues quizá el
resultado sea “transportar” el tráfico de un punto a otro de la ciudad, que
actualmente está catalogada entre las
siete primeras ciudades con mayor tráfico a nivel mundial, con un promedio de
velocidad de tan solo 14 km/h.
Esta situación solo
demuestra que el problema del transporte urbano en la ciudad de Lima es un tema
álgido y complejo, que no ha contado con soluciones adecuadas ni integrales, y
que no hace más que sumarse a otras obras previas de envergadura a nivel
metropolitano como el popular tren Lima–Chosica, cuyo plan hoy difiere de la
propuesta inicial anunciada por Rafael López Aliaga cuando aún no dejaba el
sillón municipal metropolitano y prometía que el ferrocarril llegaría con sus
10 estaciones hasta el Callao. Actualmente, Proinversión, encargada de la
asistencia técnica del proyecto ha reducido su
propuesta de estaciones y evaluará sobre la marcha blanca dónde deberían ser ubicadas, en principio para
esta primera fase se prevé un recorrido desde Chosica hasta Monserrate, con una
sola parada confirmada en Huaycán; mientras que se viene evaluando la
pertinencia de llegar hasta el Callao, tomando en consideración que la Línea 2
del Metro cubrirá esa ruta.
Otro aspecto que suma
al cuestionamiento sobre los criterios técnicos y de planificación integral del
transporte es lo que viene sucediendo con el cobro de los peajes, cambiando de
un discurso en el que se eliminaba el cobro de los mismos a uno en el que la Municipalidad de Lima
anuncia que el cobro de peajes en la Panamericana Sur será a precios 'más
asequibles'.
Esto probablemente porque no se tomó en consideración que se requiere hacer un
gasto mensual en mantenimiento de autopistas que asciende a S/6 millones según
el municipio metropolitano.
Todo este escenario no
hace más que confirmar la poca planificación y el escaso criterio con el que
cuentan nuestras autoridades para proponer soluciones estratégicas e integrales
a los problemas que aquejan a los ciudadanos. Muchas veces gana el deseo de
figurar o anunciar la noticia de impacto que pueda dar visibilidad, sin que eso
signifique claridad hacia dónde se tienen que dar los siguientes pasos; la
necesidad y la urgencia pueden hacer que, a menudo, el remedio sea peor que la
enfermedad.
desco Opina - Regional / 18 de
diciembre de 2025
descoCiudadano
viernes
Legislando la ilegalidad: el REINFO como ejemplo
Hubo una vez en la que los
gobiernos regionales fueron involucrados en un problema irresuelto de larga
data, al otorgárseles la responsabilidad directa de conducir el proceso de
formalización de la pequeña minería y minería artesanal en Perú. La ley 27651
del 2002, reconoció la existencia de la pequeña minería y minería artesanal y les
delegó la tarea de acompañar y supervisar la formalización, mediante
autorizaciones y asistencia técnica.
Como suele suceder en
nuestro país, la inexistente eficacia del armatoste normativo con el agregado
de una gestión regional cercana a ningún resultado, condujo a un “proceso extraordinario
de formalización”
(2012–2016) en el que,
nuevamente, la falta de recursos técnicos y financieros en las regiones y las
crecientes presiones políticas y sociales (muchos gobiernos regionales estaban
cerca de los gremios mineros y cedían a sus demandas), se tradujo en avances
muy limitados, por decirlo de alguna manera, porque la mayoría de los mineros
inscritos no logró culminar el proceso.
En
el 2017 se crea el REINFO (Registro Integral de Formalización Minera), para
“superar el impase”, centralizando el proceso en el Ministerio de Energía y
Minas (MINEM). Se buscaba que los mineros artesanales cumplieran requisitos
técnicos, ambientales y tributarios, intentando diferenciar la minería informal
en proceso de regularización de la minería ilegal, permitiendo a los primeros
continuar operando mientras cumplían las etapas del trámite. Sin embargo, la
mayoría no logró completar el proceso por su complejidad y costos.
Desde
este momento lo que se escenifica alrededor del REINFO, fue simplemente una
farsa. Nació como una medida transitoria con el Decreto Legislativo 1293
durante el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski; se da una primera prórroga
(2018–2019), que ampliaba el plazo inicial para permitir que más mineros
completaran el proceso; luego tendremos una segunda prórroga (2020–2021), bajo
el gobierno de Martín Vizcarra, debido a la baja tasa de formalización; seguirá
una tercera prórroga (2022–2023), durante el gobierno de Pedro Castillo; vendrá
la cuarta prórroga (2024–2025) con Boluarte; y en noviembre de 2025, la
Comisión de Energía y Minas del Congreso aprobó extenderlo hasta el 31 de
diciembre de 2027, reincorporando a más de 50 000 mineros excluidos del proceso.
Una lectura del proceso seguido
por el REINFO
que no se detenga en la superficie, nos mostrará inmediatamente cómo ámbitos centrales
de la legalidad y formalidad del país –el Congreso de la República y el Poder
Ejecutivo–, no encontraron una fórmula válida para la formalización y expusieron
sin ambages su permisividad frente a la ilegalidad. En teoría, lo que debió ser
un puente hacia la formalización, se convirtió en la práctica en un espacio
ambiguo que blinda la ilegalidad, promovido desde el vértice mismo de “la
legalidad” del país.
Pero, no es solamente
un problema de gestión. Además de una coyuntura favorable impulsada por el
espectacular precio del oro, la minería ilegal es una economía política
compleja, sostenida por vacíos institucionales, pobreza estructural, corrupción
y redes criminales.
Así, el REINFO, lejos de ser una vía
hacia la formalidad, terminó siendo un incentivo adicional para permanecer fuera
de los marcos normativos por la alta rentabilidad que ofrecen las operaciones
informales/ilegales, algo que sabemos hasta la saciedad con el ejemplo del
narcotráfico y otras actividades que operan “fuera de la ley”. Dicho de otra
manera, permite que mineros ilegales se inscriban y operen bajo una cobertura
“legal” sin cumplir requisitos. Esto genera un incentivo perverso porque mantenerse
en la informalidad resulta más rentable que formalizarse.
Parte importante de la
minería ilegal en Perú funciona como una economía criminal organizada, con una
estructura empresarial que combina pequeños productores, plantas de
procesamiento, muchas de ellas formales, redes de financiamiento y
comercialización internacional. No es un fenómeno caótico, sino un sistema con
jerarquías y roles definidos que le permiten sostenerse y expandirse.
Es decir, se comporta
como una empresa criminal descentralizada pero articulada, con múltiples
niveles: extracción, procesamiento, financiamiento, comercialización y
exportación. Cada nivel refuerza al otro, creando una cadena de valor ilícita
que compite directamente –y muchas veces se complementa– con la minería formal.
De esta manera, no es sólo un inmenso problema ambiental, sino un sistema
empresarial criminal que afecta simultáneamente la cohesión social y la
legitimidad política, además de los factores del mercado.
Aún más, es una
economía criminal integral porque no solo produce oro, sino también violencia
estructural que atraviesa lo social, lo ambiental y lo político. En suma, es un
fenómeno que reconfigura el poder en territorios rurales, desplazando al Estado
y a las comunidades por mafias armadas y redes ilícitas, mostrando claramente
que la violencia no es un efecto colateral, sino el producto central de esta
economía.
Esta grave situación no
vamos a amenguarla con performances televisivas inútiles, sino con una
estrategia que involucre, además de múltiples dimensiones, la activa
participación de la ciudadanía. Por lo que vemos, esto no fue una demanda que
tomaran en cuenta los que han gobernado en los últimos veinticinco años, como
tampoco parece serla para los que aspiran a gobernarnos desde el 2026. En
realidad, cada vez más operadores políticos, pero también económicos y sociales,
que se ubican en la “legalidad”, se deben y adecuan a la contundente realidad
de lo que con precisión cada vez menos denominamos “ilegalidad”.
desco Opina / 12 de diciembre
de 2025