La lentitud del cómputo electoral ha vuelto a poner a Perú frente a un espejo incómodo que nos muestra como lo que somos. El conteo y revisión de cada acta pendiente se convierte en carburante para la ansiedad política, las sospechas y las narrativas extremas. Es la expresión de la desconfianza acumulada durante años hacia las instituciones (todas en crisis), los partidos, los medios y, finalmente, hacia los propios compatriotas. Pero lo es también de los miedos que atraviesan nuestra sociedad.
Conviene decirlo con
claridad, el problema no es únicamente que Perú esté “dividido en dos”, imagen que
sugiere bloques compactos enfrentados, cuando en realidad lo que tenemos es más
peligroso: una sociedad fragmentada en múltiples desconfianzas que se traslapan,
y atravesada por experiencias muy distintas del país. No son dos bloques
equivalentes que discuten un proyecto común. Las regiones sienten que Lima no
las representa, los sectores urbanos miran con desconfianza al voto rural, las
débiles clases medias se angustian ante la posibilidad de perder la poca estabilidad
económica lograda y los ciudadanos populares, del campo y las ciudades,
reiteran su malestar y su cansancio por la exclusión y el maltrato. En ese
terreno turbio, cualquier demora se interpreta como amenaza y el espacio para el
diálogo se reduce.
Por eso reaparece el “fraudismo”: la idea
de que una derrota solo puede explicarse por manipulación, sin pruebas sólidas,
porque la sospecha se ha convertido en un recurso político rentable, al mismo
tiempo que irresponsable y de confrontación peligrosa. Ante la desconfianza
pública, la narrativa del fraude convierte la derrota posible en conspiración,
y transforma al adversario en enemigo ilegítimo. El efecto no es sólo político,
es cultural: se instala la idea de que ninguna institución merece confianza. Y sin
confianza cada resultado se vuelve provisional y cada adversario, ilegítimo. Nuestro
problema es que esa lógica erosiona más aún la legitimidad de quien gobierne y
normaliza la idea de que la democracia solo vale si gana el bando propio.
Simultáneamente la economía
envía señales contradictorias. El tipo de cambio se ha apreciado con fuerza y
el sol se ha fortalecido. Algunos leen eso como un voto de confianza de los
mercados; para otros, el mercado cambiario muestra otra dinámica, influida por
factores externos –debilidad global del dólar, precios de minerales, entradas
de divisas–. Es decir, un fenómeno transitorio que se explicaría por factores
externos y la capacidad del Banco Central para contener expectativas. Vemos que
podemos tener un sol fuerte y, al mismo tiempo, inversión paralizada, empleo
precario, conflictividad social y un Estado incapaz de planificar. Confundir estabilidad
cambiaria con estabilidad nacional nos parece un error ya que una moneda
relativamente fuerte no oculta que, al mismo tiempo, padecemos una profunda
debilidad política y social. Eso no significa que la economía esté bien.
Significa, más bien, que el tipo de cambio no resume el estado del país.
Finalmente, otra gran
señal está presente en la coyuntura: El Niño fuerte que se aproxima. La
evidencia científica y los reportes especializados vienen advirtiendo desde
hace meses sobre la alta probabilidad de lluvias intensas, inundaciones, daños
severos en infraestructura y producción. También sequías y hambrunas. Sin
embargo, la respuesta pública sigue siendo mínima. No hay ninguna sensación de
urgencia. No vemos obras preventivas aceleradas, ni coordinación territorial,
ni campañas masivas de preparación. No solo de un gobierno central sin rumbo,
también de muchos gobiernos regionales, municipalidades, gremios empresariales,
grandes propietarios y actores sociales que conocen el riesgo y, aun así,
actúan como si el problema pudiera esperar.
Ese contraste revela
algo profundo sobre nuestra crisis nacional. Discutimos hasta con odio sobre
quién ganó, pero apenas si conversamos sobre cómo enfrentar un desastre
climático anunciado. La política consume
toda la atención y deja sin energía la gestión de gravísimos problemas reales y
riesgos concretos:
abastecimiento de agua, defensas ribereñas, prevención sanitaria, drenajes
urbanos, protección de pequeños productores agrícolas. La política como
espectáculo inmediato nos ha dejado sin atención a las tareas elementales de
supervivencia colectiva de nuestro país.
¿Qué decir entonces?
Tal vez que el verdadero desafío no es “cerrar” ya el proceso electoral, sino
impedir que el ruido destruya la capacidad de actuar juntos frente a problemas
concretos y reconstruir algunas bases mínimas de realidad compartida. La
democracia no consiste solo en contar votos correctamente; también exige
aceptar resultados, contener la desinformación y reconstruir mínimos de
confianza entre ciudadanos que piensan distinto para actuar juntos,
democráticamente, ante amenazas comunes.
El Perú necesita más
sentido de realidad. Ni el fortalecimiento del sol resuelve por sí mismo la
crisis de representación, ni las sospechas infundadas de fraude explican las
frustraciones acumuladas del país por la desigualdad extrema, la exclusión, la
discriminación grosera, las terribles carencias sanitarias y educativas o la seguridad
alimentaria. Ese desbalance puede salirnos mucho más caro que cualquier
resultado electoral. Y, sobre todo, ninguna disputa en esa materia suspenderá
la llegada de El Niño más fuerte y sus consecuencias, desde cuando se tiene
registro.
desco Opina / 12 de junio de 2026