En Lima Metropolitana, el verano 2026 parece no haber tenido pausa por la
persistencia de las condiciones cálidas asociadas al Niño Costero y, posteriormente,
al desarrollo del Fenómeno de El Niño en el Pacífico central. Durante el 2026, se ha registrado un calentamiento de las aguas del mar
frente a la costa peruana, lo que ha influido en el incremento de
las temperaturas del aire en distintas ciudades costeras, entre ellas Lima
Metropolitana. Según el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú
(Senamhi), se han previsto temperaturas superiores a sus valores
normales en gran parte de la costa peruana y las condiciones asociadas a estos
fenómenos podrían mantenerse hasta el verano de 2027.
A esta situación, se suma la desigualdad en el acceso al agua potable
en Lima Metropolitana. La Superintendencia Nacional de Servicios de Saneamiento (Sunass)
informó que, a inicios de 2026, solo 19 de los 46 distritos de Lima
Metropolitana y el Callao contaban con acceso al agua potable durante las 24
horas del día.
Otros datos de estas injustas desigualdades se encuentran en el informe de Lima Cómo Vamos 2025. Por un lado, en la población del nivel
socioeconómico E de Lima Metropolitana y Callao, la falta de agua potable
aparece como el tercer problema más importante de la ciudad. Por otro lado, se
observa una marcada disparidad territorial: Lima Norte y Lima Centro registran
los mayores niveles de insatisfacción respecto al acceso y la calidad del agua,
con 54,3 % y 52,5 %, respectivamente. En comparación, Lima Sur presenta un 29,9
% y Lima Este un 26,1 % de insatisfacción.
Los datos ofrecen un panorama poco alentador sobre las consecuencias de
estas desigualdades, pues las condiciones climáticas cada vez más exigentes coinciden
con problemas estructurales de acceso a servicios básicos como el agua potable.
Esta inaceptable situación no solo representa un desafío ambiental y urbano,
sino que también plantea interrogantes sobre sus consecuencias en la
organización de la vida cotidiana, especialmente para las mujeres, quienes
asumen en su mayoría las responsabilidades domésticas y de cuidado en los
hogares peruanos.
Esta problemática adquiere una mayor complejidad en los hogares
monoparentales encabezados por mujeres, donde las responsabilidades económicas,
domésticas y de cuidado suelen concentrarse en una persona. Según los
resultados de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2024 (Enut),
las mujeres peruanas destinan al día alrededor de 3 horas para el cuidado no
remunerado a miembros del hogar y 4 horas de trabajo doméstico no remunerado
para el propio hogar.
Con la presencia del Fenómeno de El Niño, las mujeres presentarán una
mayor carga de trabajo para garantizar las condiciones básicas de bienestar de
sus familias. Esta situación no solo implica destinar más tiempo a las tareas
domésticas, sino también reorganizar sus actividades laborales, reducir sus
espacios de descanso y postergar su propio cuidado.
Las consecuencias pueden ser mayores para las mujeres que trabajan en
condiciones de informalidad o que no cuentan con redes familiares y comunitarias
de apoyo. Las condiciones climáticas adversas no solo generan estas
desigualdades, sino también pueden profundizar las dificultades que enfrentan
las mujeres para conciliar sus responsabilidades de cuidado con su autonomía
económica y bienestar personal.
Ante este escenario, nos preguntamos si las políticas públicas de
adaptación al cambio climático consideran las desigualdades que soportan las mujeres
en la distribución del trabajo de cuidados y las condiciones aún más graves en
los hogares monoparentales. Si bien garantizar el acceso continuo al agua
potable y mejorar la infraestructura de los servicios básicos son prioritarias,
resultan insuficientes si no se acompañan de políticas que reconozcan las
necesidades de cuidado de la población frente a condiciones climáticas
adversas, como las provocadas por el Fenómeno de El Niño Costero.
En ese sentido, es urgente fortalecer los servicios públicos de
cuidado, ampliar las redes de apoyo comunitario e incorporar una perspectiva de
género en las estrategias de adaptación climática, especialmente en los
territorios más vulnerables y de mayor pobreza. De lo contrario, las
consecuencias de la crisis climática continuarán recayendo principalmente y sin
equidad sobre las mujeres, trasladando al ámbito doméstico responsabilidades
que también corresponden al Estado y a la sociedad.
Abordar el cambio climático desde una perspectiva de género demanda
reconocer el trabajo de quiénes sostienen los cuidados y las condiciones en que
se realiza. La adaptación climática no debe limitarse a responder a los efectos
ambientales, sino también considerar las desigualdades que condicionan la vida
cotidiana. Una gestión del riesgo bien entendida no solo consiste en construir
pircas preventivas o entregar víveres, sino también garantizar que los derechos
de las mujeres y niñas sean reconocidos y atendidos antes, durante y después de
un desastre.
Incorporar el enfoque de género en la gestión del riesgo de desastres
no es una cuestión ideológica, es una necesidad para identificar las distintas
condiciones de vulnerabilidad de la población. Ignorar estas diferencias desde
las políticas públicas significa dejar de lado una dimensión fundamental para
garantizar una respuesta equitativa, justa y efectiva frente a la crisis
climática.
desco Opina - Regional / 23 de octubre del
2026
descoCiudadano