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viernes

El estigma del aborto terapéutico

 

En julio pasado, el caso “Mila” captó la atención de la opinión pública. Como lamentablemente se ha hecho habitual, los medios periodísticos mostraban el caso de una niña de 11 años, embarazada como consecuencia de una violación dentro de su entorno cercano. El calvario de agresiones sexuales en contra de esta niña se inició varios años antes, pero la madre nunca había denunciado al padrastro victimario, por temor a las amenazas. Por otro lado, aduciendo que no había suficientes elementos de convicción, un juez dejó en libertad al violador, obligándole tan sólo a una comparecencia periódica en el juzgado, sumado a ello la Unidad de Protección Especial (UPE) de Loreto, no activó el Protocolo Base de Actuación Conjunta para casos de violencia sexual, es decir, no la derivó a un establecimiento del MINSA, ni mencionó a la familia de la víctima la posibilidad de solicitar la aplicación del aborto terapéutico por los riesgos en la salud de la niña.

Según la legislación peruana, el aborto provocado está penalizado, sin embargo, desde 1924 existe el derecho legal al aborto terapéutico cuya guía de aplicación recién fue aprobada en el 2014, guía médica que establece los parámetros para su aplicación y en donde, lamentablemente, no se consideran los casos de violación, ni mucho menos se establece diferenciación por la edad de la gestante, a pesar de que los riesgos en la salud para una madre niña o adolescente, aumentan conforme avanza la gestación debido a que ni física ni psicológicamente están preparadas para enfrentar este estado, más aún si es consecuencia de una violación sexual. Cabe resaltar que la principal causa indirecta de mortalidad materna de adolescentes es el suicidio (10%). A pesar de todos los riesgos físicos y sicológicos, la Norma Técnica para Servicios Diferenciados de Salud para Adolescentes no alude al aborto terapéutico y no se entiende el por qué, habiendo muchos antecedentes fatales.

En 2017, una adolescente de 13 años falleció al dar a luz y haber entrado posteriormente en coma en un hospital de Ica. La Superintendencia Nacional de Salud (Susalud) investigó lo ocurrido, pero nunca se hizo público un informe. A las adolescentes K.L. y L.C. el Estado peruano les negó el 2001 y 2007 respectivamente, la posibilidad de interrumpir un embarazo que afectaba de manera grave su salud física y mental. L.C. fue víctima de violación de la que quedó embarazada a los 13 años. Tuvo un intento de suicidio arrojándose desde un edificio, hecho que le produjo una paraplejía. K.L. quedó embarazada a los 17 años, pero una ecografía mostró que el feto tenía condición anencefálica y ante ello solicitó interrumpir su embarazo; sin embargo, se le negó esa posibilidad, dando a luz a una niña que vivió tan solo cuatro días. Estos hechos causaron que la joven se sumiera en un estado de profunda depresión.

Debemos resaltar que Perú fue condenado por comités internacionales a pagar reparaciones civiles por vulnerar los derechos sexuales y reproductivos de ambas adolescentes. El caso de Camila no es distinto a los anteriores. Una niña indígena apurimeña de 13 años víctima de violación e incesto a quien se le negó el derecho al aborto terapéutico, y luego de tener un aborto espontáneo, fue acusada y condenada por el delito de autoaborto. Hace pocos meses, el Estado Peruano fue declarado culpable de haber violado los derechos a la salud y a la vida de Camila por no brindarle el acceso al aborto legal y seguro. La sentencia fue emitida por el Comité de los Derechos del Niño de la ONU.

Otro caso lamentable es el de una menor de 9 años de Pucallpa. Ella llegó a un centro de salud por un embarazo y el médico no le ofreció información sobre cómo acceder a un aborto terapéutico ni se activó una actuación conjunta con la policía para denunciar al agresor; no fue hasta que el gobernador se enteró que se realizó la intervención como correspondía. Las cifras muestran que entre 2003 y 2022 solo dos niñas de 11 años o menos lograron acceder al aborto terapéutico en los hospitales del MINSA, esto a causa de la negativa de las autoridades y el temor de las víctimas y sus familiares a la criminalización por la decisión tomada. Solo entre 2012 y 2022, según los datos del Sistema de Registro del Certificado de Nacido Vivo, 68 niñas de 10 años o menos fueron forzadas a ser madres en el Perú.

En nuestro quehacer cotidiano en los distritos y comunidades de selva central, hemos sido testigos de muchos casos como el de Mila que no alcanzan justicia y que posiblemente se vean expuestas a recurrir a riesgosos canales clandestinos de interrupción de embarazos no deseados. Recientemente, hacia inicios de setiembre, tres nuevos casos de embarazo de niñas de 11 años debido a violación se presentaron en Ilo, Tingo María y Huaraz, siendo el último el más grave ya que la menor tuvo que ser trasladada a Lima para para ser evaluada en el Instituto Nacional Materno Perinatal (INMP).

El desenlace del caso Mila, quien logró acceder a un aborto legal y seguro, ha despertado reacciones de sectores conservadores y religiosos, quienes ponen en segundo plano los derechos de las adolescentes víctimas, olvidándose que en el Perú, cualquier relación sexual con una menor de 14 años es considerada una violación; por lo tanto, todos los embarazos de niñas y adolescentes menores de 14 años son producto de violaciones sexuales. Vivimos en una sociedad en la que, tristemente, se ha naturalizado el hecho de que una niña tan pequeña sea sujeta a una maternidad forzada. El derecho a la vida posiblemente sea difícil de ser cuestionado, pero bajo esa premisa de moralidad no se puede condenar a sufrimientos o a la muerte a personas inocentes, por causa de un Estado que no tiene la voluntad para reconocer el derecho a una vida libre de toda forma de violencia. La justicia no puede ser catalogada de moral o inmoral, sólo tiene que ser justa.

 

desco Opina – Regional / 29 de setiembre del 2023

descocentro

Retorno a clases poco seguro

Lamentablemente, estos dos últimos años de pandemia no sólo se ha visto afectada la situación de salud sino también, y en gran medida, el servicio de educación, que se vio suspendido al inicio de la pandemia y posteriormente se redujo sustantivamente a la plataforma de Aprendo en Casa, donde la principal dificultad fue la escasa conectividad y el acceso a los medios que permitían llegar a ella, especialmente en las comunidades rurales, agravándose aún más las brechas en educación.

En Huancavelica, por ejemplo, la pérdida de aprendizajes fue devastadora. En diciembre último, la Dirección Regional de Educación aplicó una evaluación en su territorio a 4310 estudiantes de secundaria; sólo el 14% de estudiantes evaluados lograron resultados satisfactorios, un 30% se encontraba en proceso de lograr los aprendizajes requeridos y 55% estaba apenas en la etapa inicial. A pesar de los esfuerzos realizados con los programas de la plataforma citada o los materiales impresos, no se ha podido evitar que la calidad de los aprendizajes de los y las estudiantes se vea afectada, disminuyendo su competencia para comprender diversos tipos de textos.

En este escenario y dadas las limitaciones que existen en el acceso a los medios de comunicación en gran parte de las comunidades de Huancavelica, lo que dificulta llegar al Programa Aprendo en Casa, se suma una razón más por la que muchos estudiantes, padres y madres de familia desean volver a lo presencial. ¿El servicio educativo público está preparado para volver a lo presencial? Lamentablemente, la respuesta es no; en Huancavelica la mayoría de instituciones educativas no se encuentran preparadas, tal como lo indicó la Defensoría del Pueblo basándose en una reciente supervisión donde se inspeccionó instituciones educativas del casco urbano con miras al reinicio de clases, encontrando falencias en las condiciones de bioseguridad; por ejemplo, la mayoría de planteles inspeccionados no cuenta con los kits de comunicación para la prevención del COVID-19, tampoco disponen de mascarillas, hay algunos donde no se compraron kits de higiene y otros carecen de una adecuada ventilación por tener ventanas selladas. Más preocupante aún es que pese a estas necesidades más de la mitad de planteles tampoco ha retirado el dinero para los requerimientos de mantenimiento.

La cobertura de vacunación contra la COVID-19 tampoco es alentadora y es realmente preocupante, porque niños, niñas y adolescentes, si vuelven a clases no estarán debidamente protegidos. Según reporte del Minsa al 3 de marzo del 2022, Huancavelica presenta avances mínimos en la vacunación del grupo de edad de 5 a 17 años, es decir, en la población escolar. La cobertura de la segunda dosis en población de 5 a 11 años es de 6.97% y de 12 a 17 años, 55.85%. Existe una marcada brecha de vacunación que incrementa el riesgo del contagio en este grupo etario. El principal factor que explica esta situación es el rechazo de la población a la vacuna por creencias religiosas.

Como es obvio aún hay mucho por hacer en Huancavelica y hay retraso. Recién se conformó la Comisión Regional Multisectorial para el “Buen Retorno del Año Escolar 2022” –conformada por las Direcciones Regionales de Educación, Transportes, Salud, Trabajo, Agricultura, Defensa Civil, Cultura, Prefectura, Midis, Policía, Gobierno Regional, Defensoría del Pueblo, Mesa de Concertación de Lucha Contra la Pobreza, Inabif, Qali Warma, Unicef y otras instituciones públicas y privadas–, el pasado 18 de febrero. Según el Director Regional de Educación, Julio César Sáez Requena, “…las nuevas competencias educativas no son exclusividad del sector Educación, sino que son resultado de la fuerza y la unión de todas las instituciones del Estado porque la educación es tarea de todos”.

Dicha comisión se encargará de promover el retorno seguro a clases 2022 en la región Huancavelica, haciendo el seguimiento y evaluando las condiciones que garanticen el retorno a clases, previendo los riesgos de contagio de COVID-19. Se trata de una carrera contra el tiempo considerando que las clases se iniciarán el 14 de marzo.

Esperemos que esta comisión recoja la información necesaria para la toma de decisiones oportunas pensando en el bienestar de los niños, niñas y adolescentes, como primer paso para avanzar en revertir los índices de aprendizaje y demostrar en la próxima evaluación regional los logros en la recuperación de los aprendizajes perdidos.

 

desco Opina – Regional / 4 de marzo del 2022

descocentro – UOT Huancavelica

 

Las cifras de la tolerancia hacia la violencia contra la mujer

 

Los resultados de la Encuesta Nacional sobre Relaciones Sociales (ENARES 2019), publicados el pasado mes de julio, nos muestran una realidad marcada por la aceptación del uso de la  violencia en las relaciones dentro de las familias peruanas: el índice de la tolerancia social hacia la violencia contra las mujeres es de 58,9% y en el caso de la violencia hacia niños, niñas y adolescentes este alcanza el 58,5%. Si bien, por la metodología empleada, el índice no puede ser comparado con los cálculos del mismo realizados en el 2013 y 2015 (años en los que el índice fue de 51,8% y 52,1% y, 42,1% y 54,8%, respectivamente), las cifras manifiestan la vigencia del problema.

Más allá de ayudarnos a describir mejor esta dura realidad y ver qué tanto ha cambiado, la data mostrada por la ENARES nos invita a reflexionar sobre la forma usual de comprender el fenómeno de la tolerancia hacia la violencia dentro de las familias y, en consecuencia, a afinar el abordaje del problema desde las políticas públicas. Por ejemplo, vayamos solo al caso de la violencia contra la mujer y veamos los siguientes datos que han sido calificados como contratuitivos en varias presentaciones de los resultados de la encuesta: el 94,4% de la población está de acuerdo con que la violencia contra la mujer es inaceptable y debe ser castigada por ley, pero a su vez, el 27,2% considera que si alguna mujer le falta el respeto a su esposo o pareja, merece algún tipo de castigo; de la misma forma 33,2% considera que las mujeres infieles deben ser castigadas por la pareja, y el 26% considera que las mujeres deben estar dispuestas a mantener relaciones sexuales cuando sus parejas o esposos lo deseen.

¿Qué podemos inferir de esta aparente contradicción? Lo primero que se nos puede ocurrir es que, al formularse la pregunta de forma directa, las personas hayan respondido «correctamente» para salvar las apariencias. Sin embargo, de ser esto cierto, esta actitud se habría mantenido en las respuestas a las demás preguntas, algo que evidentemente no se dio. Descartada esta primera respuesta, parece más adecuado prestar atención a las formas de justificar la violencia, para notar que esta se da en el marco de una institución social con jerarquía y roles determinados, como lo es la familia, y que la violencia es ejercida como herramienta para corregir a quienes se salen de esos roles establecidos y desestabilizan la jerarquía.

La idoneidad de ver la tolerancia ante la violencia contra las mujeres, desde un enfoque que destaca la influencia de los roles, se sustenta en otro dato resaltante de la encuesta, que muestra que el 52,7% de la población está de acuerdo con que la mujer debe cumplir el rol de madre y esposa y después sus sueños. Por ello, la distinción entre lo que se concibe como la «mujer» y la «mujer en su rol de pareja o esposa y madre» es fundamental para abordar el tema de la violencia. Ser conscientes de esta distinción, no resta gravedad a la problemática de las mujeres, entendiendo que esta no se reduce solo a la violencia doméstica y que, además, existe una fuerte presión social dirigida hacia las mujeres para ser madres y esposas al alcanzar una edad determinada. La distinción solo aporta una mayor precisión en la comprensión del problema.

A nivel de políticas públicas esto podría traducirse en un mayor énfasis en el diseño de estrategias de sensibilización, dirigidas tanto a hombres como a mujeres, que tengan por objetivo reconfigurar  la concepción de los roles dentro de la familia, lo que comprende la eliminación de las restricciones que impiden el bienestar pleno de las mujeres, el descarte de la violencia como elemento presente en las relaciones intrafamiliares, la redistribución igualitaria del trabajo doméstico y el establecimiento de las nuevas masculinidades. Precisamente, estos temas han ido incrementando su presencia en las políticas para la lucha contra la violencia, elaboradas por el MIMP en los últimos años, por lo que aún falta mucho por trabajar al respecto y los resultados de la ENARES no hacen más que mostrárnoslos.

 

desco Opina - Regional / 2 de octubre de 2020

descoCiudadano