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sábado

Los conflictos mineros en el sur

 

Las últimas semanas, el complicado escenario nacional de la crisis política se ha visto agravado por la reactivación de los conflictos en las áreas de explotación minera de Cuajone y las Bambas; la primera de la empresa norteamericana Southern Perú en la región Moquegua, la segunda de la empresa china MMG Las Bambas, en Apurímac.

En el caso de Cuajone, las comunidades de Tumilaca, Pocata, Coscore y Tala iniciaron su acción de reclamo cerrando la compuerta del reservorio Viña Blanca que abastece el agua para el consumo humano del campamento donde se alojan las familias de los trabajadores, así como para las labores mineras del yacimiento, obligando a la empresa a paralizar operaciones. La demanda principal de las comunidades es una compensación de 5000 millones de dólares y una participación del 5% de las utilidades anuales de la compañía, por el “uso de los recursos de la comunidad y la afectación a los mismos por la contaminación” durante las siete décadas que viene operando la mina.

En el caso de Las Bambas, en esta ocasión, el conflicto se desencadena por la ocupación de un área comprendida en la concesión minera por parte de alrededor de 200 comuneros de la comunidad de Fuerabamba en el distrito de Chalhuahuacho, bajo el argumento que los terrenos que la empresa compró para su reasentamiento no están saneados y los propietarios originales, comuneros de Quila y Chaquilla, los habrían desalojado.

MMG Las Bambas ha paralizado las actividades desde el 20 de abril. El 27 de ese mes, los comuneros que ocuparon los terrenos de la concesión fueron desalojados violentamente por las fuerzas policiales y el personal de seguridad de la empresa, declarándose el estado de emergencia en dos distritos. La empresa sostiene haber comprado en el 2013 los terrenos ocupados pagando un monto de 122 millones de soles y 100 millones adicionales en el 2017.

El giro preocupante y peligroso que han tomado los conflictos en esta última etapa es el involucramiento de los trabajadores de las empresas mineras en contra de las comunidades; en el caso de Cuajone, con su movilización hacia la zona del reservorio para abrir las compuertas y, en Las Bambas, mediante la realización de movilizaciones en la ciudad de Lima en contra de las demandas comunales. Un enfrentamiento de esta naturaleza puede tener imprevisibles consecuencias en el escalamiento de la conflictividad y la violencia, además de evidenciar la incapacidad del Estado para cumplir su rol de mediación y autoridad, como resultado de las fracasadas mesas de diálogo a lo largo de todos los años de ambos conflictos.

Estos recurrentes conflictos en las zonas de explotación minera, más allá de los dos casos que acabamos de reseñar, ponen en debate la confrontación permanente entre empresas y comunidades para acceder o participar directamente de los recursos de la renta minera ante la ausencia del Estado en esos territorios, proporcionando por lo menos, condiciones mínimas de cobertura en los servicios básicos de educación y salud. Este propósito, en la práctica, cobra mayor importancia que las demandas ambientales.

La distribución del canon minero que representa el 15% de las utilidades de las empresas mineras, esto es la mitad del 30% que aquellas tributan por el impuesto a la renta como cualquier otra empresa del país, ha fracasado como medida de compensación satisfactoria ante las necesidades de las poblaciones asentadas en las áreas de influencia de los yacimientos mineros en explotación. Este fracaso es atribuible en buena medida a las entidades encargadas de la gestión de los recursos del canon: los gobierno regionales y municipales, que han demostrado una incapacidad para formular y ejecutar proyectos priorizados en función de lograr impactos para mejorar la calidad de vida de la población y fortalecer los procesos productivos locales. En la práctica, los recursos se han dispersado en pequeñas obras de fierro y cemento asociadas al ornato o a infraestructura urbana con un sentido clientelar y un alto componente de corrupción, como se evidencia con los innumerables casos de autoridades denunciadas por la Contraloría General de la República y sancionadas por el Poder Judicial.

La pregunta que surge a estas alturas es si es suficiente la contribución de las empresas mineras al desarrollo del país y sus zonas de influencia.

Los últimos años el tema estuvo en la agenda nacional. Inicialmente, desde las ofertas de Alan García de poner impuestos a las sobreganancias que culminaron con el poco relevante “óbolo minero” administrado finalmente por las propias empresas mineras a través de fundaciones ad hoc. La misma oferta de Ollanta Humala, culminó en el establecimiento de una nueva regalía minera, que recauda menos que la antigua, y recentralizó parte de los recursos que recibían las regiones con el impuesto especial y el gravamen especial a la minería. En el gobierno actual, el ofrecimiento de una reforma tributaria que comprendía, entre otras medidas, un incremento de impuestos a los actuales precios extraordinarios de los minerales y el anuncio de la revisión de los contratos ley, quedaron frustrados por la debilidad del gobierno y la negativa del Congreso de la República a dar curso a las iniciativas planeadas por el entonces ministro de economía Pedro Francke.

Creemos urgente y necesario un debate nacional sobre la contribución de la minería al desarrollo nacional y la revisión de sus condiciones tributarias, pues hasta los organismos multilaterales consideran preciso incrementar sus cargas tributarias para enfrentar los efectos de la pandemia. Yendo más lejos, podríamos evaluar la posibilidad de la participación del Estado en la explotación de los recursos a través de empresas mixtas con presencia mayoritaria de la inversión privada, pero accediendo a una mayor participación en la renta minera proveniente de estos recursos no renovables y patrimonio de todos los peruanos, lo que exigiría un indispensable cambio constitucional.

 

desco Opina – Regional / 13 de mayo del 2022

descosur

viernes

Cocinando conflictos en el sur



Tenemos un país paralizado. La inversión estatal se ha retraído considerablemente en el territorio a raíz de los casos de corrupción develados a todo nivel; sumado a ello tenemos conflictos latentes que no están siendo debidamente atendidos por el gobierno, acumulándose la presión que amenaza con desbordarse cada vez con mayor frecuencia. Ya sucedió con los productores de papa hace poco y, lo veremos muy pronto en Melgar y Lampa (Puno) y en Islay (Arequipa), si el gobierno no se manifiesta con firmeza demostrando que son más importantes los habitantes de estas zonas que el empresariado minero; sobre todo cuando se trata de conflictos socioambientales, que equivalen al 69% del total de conflictos registrados a enero de este año por la Defensoría del Pueblo.
La contaminación en ríos de Puno a raíz de las operaciones de la empresa minera Aruntani tiene una larga data. Tenemos noticias desde el 2012, cuando la empresa denunció a un dirigente social por acusarla sin pruebas de contaminar los ríos cercanos a causa de la intervención de su proyecto Arasi. El 2016 el Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental (OEFA) dictó otra medida preventiva contra Aruntani para detener la contaminación del río Chacapalca, ubicado en el distrito de Ocuviri, provincia de Lampa. Hasta el año pasado Aruntani ha merecido hasta cuatro de estas medidas por contaminación en esa zona. Asimismo, en la provincia de Melgar, la vulnerabilidad de la cuenca LLallimayo debido a la contaminación producida por esta minera, tiene alarmada a la población y a sus autoridades. La muerte de cientos de peces en el río Llalimayo –hace pocas semanas– ha sido el detonante para que la población de la cuenca anuncie el inicio de una huelga indefinida, cansados de la indiferencia e inacción de las autoridades de la Mesa de Diálogo instalada por el gobierno desde el 2016 para abordar los problemas socioambientales de la cuenca. Al parecer, la empresa Aruntani seguirá contaminando, pues ni las medidas sancionadoras de la OEFA ni de la Autoridad Nacional del Agua (ANA), han sido suficientemente disuasivas para impedir sus malas prácticas.
En Cocachacra, en el valle de Tambo, los ánimos siguen caldeados por el inminente inicio de operaciones del proyecto Tía María de Southern Perú Cooper Corporation. Los pobladores temen que ello afecte irremediablemente el valle, una de las despensas alimentarias de la región. Ni la declaración de la Gobernadora de Arequipa, Yamila Osorio, afirmando que aumentó la confianza por el proyecto en Cocachacra, ni la de Oscar Rocha, presidente de Southern, asegurando que ya cuentan con la licencia social para iniciarlo, han apaciguado el miedo de la población por las consecuencias que tendría Tía María en operación. Los antecedentes de la empresa en el valle por los estragos causados años atrás por la Fundición de Ilo en sus terrenos agrícolas tienen aún un peso enorme, y eso hasta ahora no parece haber sido entendido por el gobierno en su real dimensión. En Islay instaló una Mesa de Desarrollo en el 2015, cuyos resultados desconocemos, porque han sido poco difundidos por los medios de comunicación del Estado. Así las cosas, la población de diversos distritos del valle, participó hace unos días en una marcha de protesta ante el anuncio del inicio de operaciones de la empresa en julio próximo, razón por la que están evaluando acatar una nueva huelga indefinida.
En una reunión en Arequipa, Rolando Luque Mogrovejo, quien se desempeñaba como Jefe de la Oficina Nacional de Diálogo y Sostenibilidad (ONDS) del gobierno, reconoció que uno de los más grandes problemas en la resolución de conflictos en el Perú, es que los acuerdos tomados en las mesas de diálogo no se materializan en su totalidad. Y es que –por lo visto hasta ahora– la política estatal en resolución de conflictos, se ha limitado a poner un parche al problema y seguir adelante. O peor aún, hacer uso de los estados de emergencia para inmovilizar a la población que tenga algún reclamo legítimo contra una empresa minera, como está sucediendo actualmente en el corredor vial minero Arequipa-Cusco-Apurímac.
Es preocupante la inacción del gobierno ante estos grandes conflictos por estallar. En el caso del proyecto Tía María, dada la recuperación del precio del cobre en el mercado, el gobierno ha reforzado sus muestras de interés por sacarlo adelante, antes que preocuparse por resolver los reclamos de la gente del valle. La desconfianza está creciendo. No se equivoquen otra vez. 

desco Opina - Regional / 23 de febrero de  2018
Programa Regional Sur - descosur

Tía María: la reactivación del conflicto



«En el Perú hay dos tipos de problemas: los que se resuelven solos y los que no se resuelven nunca», dijo alguna vez el ex presidente Manuel Prado. Todo parece indicar que para el gobierno, el conflicto de Tía María es un problema encuadrado en esta singular tipología. El silencio del presidente sobre este asunto durante el mensaje de fiestas patrias fue en tal sentido muy elocuente.
El estado de emergencia decretado por el gobierno nacional el pasado mes de mayo se levantó en la segunda quincena de julio sin mayor novedad. Durante esos 60 días el gobierno sólo puso pausa, pues las mesas de diálogo planteadas desde el Ejecutivo quedaron inactivas y así permanecen hasta ahora, tres semanas después de restablecerse la «normalidad». La Gobernadora Regional, Yamila Osorio, ha declarado a la prensa que no ha recibido una comunicación oficial para comenzar a trabajar en ellas. Las únicas novedades en este tiempo muerto han sido el descongelamiento de las cuentas públicas de las municipalidades de la provincia para inversión y la vacancia del alcalde distrital del municipio de Deán Valdivia, Jaime de la Cruz Gallegos, por un caso vinculado a las protestas contra el proyecto en el 2010, cuando era dirigente.
La empresa Southern Perú tampoco ha hecho mucho de su parte, aunque para el resto del Perú parezca lo contrario. Decimos esto, pues la millonaria campaña de comunicación para disipar dudas sobre diferentes componentes del proyecto desde su centro de información, se ha dirigido fundamentalmente a la opinión pública nacional a través de los grandes medios nacionales, pero no ha desplegado igual esfuerzo en la provincia de Islay y no ha utilizado los medios de comunicación locales, que tienen mayor llegada a su principal público objetivo.
Desde el primer lunes de agosto la frase «Agro sí, mina no» volvió a escucharse en los distritos de Cocachacra, Deán Valdivia y Punta de Bombón. Las movilizaciones van reactivándose en la zona, mientras el gobierno nacional continúa transmitiendo el mensaje de que va a garantizar la ejecución del proyecto, pero sin una estrategia clara de cómo lograrlo y sin plantear primero la necesidad crear un clima propicio para recuperar la paz social en el ámbito.  Mientras tanto, Yamila Osorio ha demandado al Ejecutivo leer el diagnóstico que encargó a la ONG Labor, para orientar de mejor manera su futuro accionar en la solución del conflicto.
Debe tenerse en cuenta  que dada su composición, las llamadas «mesas de diálogo» alentadas por el gobierno nacional, no se han constituido hasta hoy en el espacio adecuado de negociación y se desconocen los criterios de selección de los interlocutores locales para esta nueva etapa, después del fracaso de los primeros intentos por imponer personas, la aparición de dirigentes de organizaciones sociales sin representación conocida, y la permanente ausencia de la empresa minera en este espacio.
Este es el panorama de la reactivación del conflicto. El gobierno tiene por tercera vez la oportunidad de iniciar un diálogo serio en la provincia comenzando por sus opciones de desarrollo y la inversión pública necesaria para asegurarlo. Dado el clima vigente, no parece acertado insistir en la viabilidad de Tía María; este es un asunto que tendrá que ser abordado en la próxima gestión presidencial. Para la del presidente Humala es demasiado tarde.

desco Opina - Regional / 14 de agosto de 2015
Programa Regional Sur
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