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El lenguaje militar, el incentivo del miedo y el temor al darwinismo social




Las crisis tienden a centralizar las decisiones e incentivar las coordinaciones verticales. Esto es lo que en lenguaje militar se llama Comando Conjunto. Asociado a ello, un aspecto contemporáneo importante es plantear la guerra a «enemigos invisibles», que en sentido estricto no existen. Por ejemplo, George Bush, luego de los sucesos de setiembre de 2001 le «declaró» la guerra al terrorismo mundial. El resultado visible de esta decisión con objetivo tan etéreo, fue el aumento imparable del gasto militar hasta la actualidad, a partir de la noción de securitización –no hay desarrollo sin seguridad– y de la teoría de los estados fallidos (ahora perfilado como “territorios fallidos”).
Esta situación general adquiere características propias con algunos factores culturales que perviven entre nosotros, como el tutelaje, que a decir de Guillermo Nugent, es una situación en la que no hay “diferencia de opiniones”, sino de reclamo del “privilegio de opinión”; en la que cierta voz cree estar en condiciones de sustraerse a un debate público por ser poseedora de un estatuto tutelar ante las eventuales confrontaciones que puedan darse entre sectores de la sociedad civil y las instituciones públicas.
Parece necesario referirse a este marco para comprender por qué recurrimos a «lo militar» como forma de gestionar una crisis como la que estamos experimentando actualmente, sin dejar de apuntar que no es algo privativo de nosotros los peruanos, aun cuando haya elementos específicos.
El 21 de marzo, el capitán EP Christian Cueva fue protagonista de la detención violenta de un grupo de personas que, previamente, habían agredido a un policía. Ello encendió un reguero de posturas a favor y en contra de lo sucedido aunque, a decir verdad, lo importante fue que dio ocasión para promulgar dispositivos legales sobre el uso de la fuerza, la proporcionalidad de la misma y la idoneidad de los agentes públicos que portan armas de fuego. También se fijó la jurisdiccionalidad del Fuero Militar-Policial, algo que los peruanos no discutíamos desde los años 80.
Días después, el 25 de marzo, el presidente Vizcarra insiste en que estamos en “guerra” buscando organizar una respuesta adecuada a los estragos causados por la pandemia en nuestro país, homologando administración de la crisis con militarización del Estado. Sin embargo, los días pasaron y los resultados de la aparente decisión, fuerza y centralización que quiso el Ejecutivo, no obtuvieron el resultado deseado, generando crecientes críticas desde la derecha peruana.
Tuvimos que esperar un mes –27 de abril– para encontrarnos con una respuesta categórica a las formulaciones castrenses del Presidente, provenientes de un ex Presidente del Comando Conjunto, el almirante Jorge Montoya. Su crítica estimó que si estábamos ante una “guerra”, lo que cabría constitucionalmente era convocar al Consejo Nacional de Defensa y Seguridad y con ello sugerir la necesidad de verticalizar las relaciones entre el gobierno central y las instancias subnacionales.
Montoya indicó que debía darse prioridad al planeamiento, organizar las cadenas de suministros y diseñar el control de los territorios. Como podrá suponerse, todo esto no es sino militarizar el Estado, algo a lo que seguramente apeló el Presidente sin proponérselo. A veces es lo que sucede cuando se termina confundiendo la metáfora con la realidad, porque no se tiene claridad sobre lo que está pasando.
Los más entusiastas con la opción de militarizar el Estado no provienen necesariamente de las Fuerzas Armadas. Columnistas del diario más antiguo del país, afirmaron que en efecto había que centralizar y poner fuerza en las decisiones, apartando, en lugar de integrar, a las autoridades regionales y locales. Aunque la actuación de estas autoridades viene dejando mucho que desear, dada la apuesta política del gobierno, lo obliga a responder la siguiente pregunta: ¿si es malo con ellas, no sería peor sin ellas?
Lo que no imaginan ni el presidente Vizcarra ni el almirante Montoya, es que hay tres premisas que permiten afirmar que sus propuestas de orden y centralización de las decisiones no funcionarán: la incertidumbre, la inestabilidad y la ausencia de información, porque además de tener un Estado que produce poquísima información, la naturaleza misma de la situación actual no permite proyectar con algo de claridad.
En esta situación, lo peor es perder la confianza de la población por administrar información inexacta o falsa. El señalamiento de IDL Reporteros sobre la cantidad de muertos es algo que debe tomarse en cuenta. De la misma manera, lo relativo a la insuficiente cantidad de pruebas, la corrupción policial y el hecho de no haber previsto el retorno interno de la población. Decir la verdad no hace daño bajo ninguna circunstancia.


desco Opina / 8 de mayo de 2020

Lima, el centro de la pandemia en Perú


Han pasado casi dos meses desde que el 6 de marzo se detectara el primer caso de coronavirus en el Perú y, desde ese momento, las cifras de la pandemia aumentan de manera acelerada. En diez días, del 20 al 30 de abril, el total de los casos de contagio se incrementó tanto como la mortandad; según cifras oficiales, 20 651 nuevos casos y 606 muertes adicionales, lo que da una cifra total al momento de redactar este artículo de 36 976 casos y 1051 fallecidos, según la información oficial del MINSA. 74% del total de los casos detectados se encuentra en el conurbado Lima-Callao, situación que puede ser entendida si consideramos que la forma como el virus llegó al país, como a muchos otros, fue por vía aérea y se ha expandido en las zonas donde hay mayor aglomeración urbana.
Si bien hay mucha incertidumbre sobre la forma como esta situación ira redefiniendo prioridades y acciones del gobierno, lo que ya ha demostrado la coyuntura actual, es la falta de preparación y atención que tenemos como sociedad para hacer frente a una situación tan grave como la emergencia sanitaria que nos toca vivir en este momento. Las soluciones se van dando sobre la marcha y si bien la pandemia ha hecho que se produzca un colapso generalizado de los sistemas de salud de muchos países en el mundo, es muy diferente tratar de atender a más de un millón de infectados en un país como Estados Unidos que tiene una población cercana a los 340 millones, o a más de 213 000 infectados en España que tiene una población de alrededor de 46 millones, a compararlo con los más de 36 000 infectados en Perú que tiene una población de 32 millones.
Antes de que se diera el crecimiento exponencial de casos de Covid-19 en nuestro país, sabíamos que existía un gran déficit en los sistemas de atención, tal como lo demuestran datos que reportaban –a una semana de conocido el paciente cero– que el 80% de los hospitales no estaba preparado para atender la demanda proyectada en ese momento y que el presidente Martín Vizcarra, a seis semanas de conocido el paciente cero, admitiera que existen “varios hospitales donde la demanda ha superado la oferta de la atención hospitalaria” precisando que las deficiencias del sistema de salud “no son de ahora sino de años atrás”.
Esto, que no hace más que corroborar los limitados niveles de planificación y preparación que tenemos como sociedad, no niega el alto nivel de resiliencia que hemos desarrollado los peruanos en general, para sobrevivir en contextos tan cambiantes como el que actualmente nos toca atravesar. Respuestas en el ámbito de la salud como la construcción de respiradores artificiales, por ejemplo, o la adaptación de la Villa Panamericana como centro de atención y alojamiento para pacientes Covid-19 son acciones positivas, como también lo es en el ámbito social la implementación de la “Casa de Todos” en Acho, aunque el ritmo de propagación del virus las convierte en un efecto placebo.
En medio de toda esta coyuntura podemos afirmar que la suerte estuvo de nuestro lado, empezando porque el virus demoró en llegar al país, pese a que ya estaba a nuestro alrededor, lo que permitió ir analizando cuáles eran las mejores estrategias a implementar, o el hecho que pudiéramos destinar la Villa Panamericana a ser el gran centro de atención de pacientes Covid-19, cuando hasta hace poco menos de un año era un elefante blanco que ofrecía departamentos para vivienda que nadie quería comprar por su elevado costo. Suerte también ha sido –aunque algunos puedan decir “mala suerte”– que el foco de la pandemia sea Lima, porque es donde se puede soportar de mejor manera el virus.
Pero la suerte no dura para siempre. Las ultimas noticias sobre el movimiento de los focos de contagio en la ciudad, el desabastecimiento de implementos para el personal médico o la reducción de camas UCI para próximos pacientes, visibilizan una situación alarmante. Confiemos en que el foco no se traslade a otra zona del país o que siga con su escalada cuando hasta ahora ningún martillazo ha logrado aplanar la curva de contagios. El panorama es incierto, pero las lecciones para el mediano plazo son obvias. La importancia del Estado y lo público, los límites groseros de la privatización de servicios, los altos costos de postergar a la gente por proteger al mercado no pueden volver a repetirse. En el plazo inmediato, antes que la suerte se nos aleje, haría bien el gobierno en entender que es indispensable que convoque y escuche a la sociedad y sus organizaciones.

desco Opina - Regional / 30 de abril de 2020
descoCiudadano

¿Es la pandemia una oportunidad para cambiar el modelo?


La crisis que la pandemia del covid-19 ha desencadenado en el mundo y en nuestro país ha desnudado una serie de deficiencias y fallos del sistema de salud pública, y una debilidad del Estado en general para afrontar este tipo de emergencias.
Desde sectores críticos al modelo imperante en el mundo, radicales y figuras de izquierda internacional y nacional se ha insistido en considerar la pandemia como una falla global del capitalismo que muestra los serios límites del modelo neoliberal.
Frente a ello, no son pocos los opositores a aquél que ven ahora una oportunidad para cambiarlo, o al menos modificarlo seriamente, aunque sus propuestas de cambio varíen según el grupo o la persona que escriba o declare sobre el particular.
La pregunta de fondo es, sin embargo, si existen las condiciones para emprender tales cambios, dado que implicarían un conjunto de reformas estructurales que, por lo menos, refuercen el rol del Estado en la esfera social e incluso económica. El problema central para introducir los cambios que se demandan (parciales o totales) es la ausencia de una fuerza política con el peso adecuado y la legitimidad para hacerse escuchar, movilizar a amplios sectores y lograr que el Gobierno y el Congreso se vean obligados a introducir modificaciones radicales a la ecuación Estado/mercado vigente. La izquierda está hoy relativamente aislada y goza de escasa capacidad para hacerlo.
Es iluso creer que el gobierno del presidente Vizcarra va a emprender un cambio de esas magnitudes, cuando es sabido que ni él ni sus ministros y altos funcionarios cuestionan el modelo y tienen un mandato a plazo fijo, aun cuando haya anunciado disposición a cambiar las normas sobre las AFP (denostadas casi unánimemente), así como a aplicar impuestos de solidaridad a las mayores fortunas para afrontar la emergencia.
Por su parte, las fuerzas mayoritarias con representación en el congreso, fragmentadas y dispersas, no han mostrado tampoco disposición y capacidad para emprender cambios de fondo, más allá de algunas medidas relacionadas con las tan desprestigiadas AFP y algunas otras propuestas como la suspensión del pago de alquileres o de las pensiones escolares, pensadas para el corto plazo y para ganar réditos electorales de cara al próximo año. La iniciativa para crear un bono universal, finalmente adoptada por el gobierno, fue promovida por distintos economistas y recogida por la congresista Rocío Silva Santisteban.
Siendo entonces realistas, y aun cuando el futuro es de gran incertidumbre, las distintas correlaciones de fuerza podrían permitir plantear y luchar con posibilidades de éxito, al menos por ahora, alrededor de dos reformas:
1.    Reforma de la salud pública, reforzando su cobertura y calidad, incrementando el gasto público y el rol del Estado, revirtiendo la tendencia de las últimas décadas. La pandemia muestra la importancia de tener un sector público fuerte y cualquier reforma de “segunda generación”, que implique privatizar los servicios de salud, queda sin piso por un buen tiempo.
2.    Reforma tributaria: lo que implica el establecimiento de impuestos directos y progresivos a la fortuna de las personas más ricas, con la cautela necesaria en una coyuntura como la actual, donde muchas empresas seguramente quedarán afectadas.
Desde luego, pueden surgir otros asuntos importantes que impulsar, pero lo esencial es crear nuevas correlaciones y coaliciones capaces de cuestionar la hegemonía neoliberal, lo que en el momento actual, parece un objetivo aún distante.


desco Opina / 24 de abril de 2020