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viernes

La coalición autoritaria en su laberinto

 

La reciente medición de opinión pública del Instituto de Estudios Peruanos (IEP) reitera la gravedad de la situación actual. La encuesta muestra que la aprobación de la señora Boluarte llega apenas al 5%, la más baja desde su llegada a la Plaza de Armas, mientras la desaprobación del Congreso de la República se mantiene en 6%, llegando a un ridículo 3% en el centro y el sur. Buscando factores que expliquen la caída de la mandataria, el IEP subraya la percepción que existe sobre la corrupción en el gobierno –92% cree que es más o igual de corrupto que los gobiernos anteriores–, así como aquella otra sobre la situación económica, dado que 72% dice que el total del ingreso del hogar les alcanza con dificultades o con grandes dificultades. Por lo demás, siete de cada diez personas encuestadas considera que la crisis política sin fin que vivimos, afecta su situación económica. No debe sorprender, entonces, que 77% se muestre a favor del adelanto de elecciones, ni que ese porcentaje sea más alto fuera de Lima y en los niveles socioeconómicos más bajos, aunque preguntados por eventuales candidatos, los tres primeros sumados –Keiko Fujimori, Antauro Humala y Pedro Castillo–, no llegan al 7%.

En este escenario la destitución, aparentemente definitiva, de la ex Fiscal de la Nación, Patricia Benavides, decretada por unanimidad por una Junta Nacional de Justicia cada vez más impredecible, mostró rápido sus distintas e importantes consecuencias, evidenciando que ella era pieza estratégica de la coalición autoritaria en el gobierno, entre otras cosas para concluir los pendientes en el proceso de captura de las principales instituciones del Estado en el que está embarcado el Congreso de la República. Su caída fue un disparo bajo la línea de flotación, como lo ha sido también la denuncia constitucional del Fiscal Villena contra Dina Boluarte, a quien acusa de cohecho pasivo impropio, soborno en el idioma de la gente, por recibir, a préstamo de su “waiky”, diría ella, tres relojes finos, un par de aretes de oro y una pulsera de oro y diamantes, todo a cambio de un presupuesto para Ayacucho de más de 190 millones de soles.

Como mordidos por una víbora, desde el Ejecutivo los ministros devinieron en aplicados guardaespaldas de la Presidenta, mientras sus socios mayores, la blindaban en el Congreso y aceleraban el paso en sus distintas tropelías. Los primeros, cuya inutilidad en la gestión es manifiesta, se hicieron provocadores y locuaces. Mientras el ministro de Energía y Minas anunciaba a los cuatro vientos la pronta ejecución de Tía María y Conga, el premier Adrianzén, en sorda competencia con el llamado vocero presidencial, acudía a Puno a intentar atemorizar a sus pobladores y se paseaba por los medios atacando al Ministerio Público y mostrando su admiración por Cantinflas al sostener que la Fiscalía no puede investigar a Boluarte, tras haber afirmado meses atrás, con idéntica pasión, que sí podía investigar a Pedro Castillo, compitiendo, por cierto, con varios otros abogados y ministros que adaptan sus interpretaciones de acuerdo a sus clientes e intereses. Como telón de fondo, Dina en distintas apariciones públicas, victimizándose.

Los segundos, es decir los congresistas, aceleraron la marcha y continuaron con sus trapacerías. Asistimos a la más reciente de ellas cuando la avezada fujimorista Moyano incorporó una enmienda que, en la práctica, suprime las agrupaciones políticas surgidas en regiones, con el argumento de fortalecer a los partidos nacionales, cuando es claro que de lo que se trata es de acabar con su competencia. En las elecciones regionales y municipales últimas, los partidos nacionales ganaron 9 regiones de 25, 74 provincias de 196 y 700 de 1694 distritos; el fujicerronismo que el 2022 sumó 61 bancas –37 Perú Libre y 24 Fuerza Popular–, en los comicios regionales y municipales conquistaron tres alcaldías distritales, los fujimoristas, y 3 provinciales y 74 distritales los seguidores de Cerrón. En otras palabras, una modificación más de las 26 hechas por ellos, para ellos mismos, para tener ventaja sobre los demás y, creen, que para garantizar su reelección.

El impacto de las disputas abiertas es innegable, acelera el tiempo político y desnuda las distintas ambiciones de las derechas. El alcalde de Lima, que sorprende esta semana porque se anuncia que gastará trece millones de soles en carruajes a caballo para el centro histórico de Lima, participó del lanzamiento de su candidatura presidencial desde Loreto y aceptó su disposición a “sacrificarse” si no aparece otro líder de su calibre. Los almirantes Cueto y Montoya se fueron de Renovación Popular, quizá porque le creyeron al alcalde cuando anunció su decisión de permanecer en ella hasta el último día de su mandato. Fernando Cillóniz, tras pasearse por varios medios poniendo su candidatura a disposición, finalmente se inscribió en el PPC para tener una plataforma desde la que plantea una coalición, asegurando que es “materia dispuesta”. Hasta la propia Benavides parece soñar con la posibilidad de candidatear tras el insólito homenaje que le rindieron los apristas. Así las cosas, Keiko Fujimori que se sentía segura y natural candidata de las derechas autoritarias, a la competencia que supone su padre circulando, si no para ser candidato, sí para imponer congresistas, descubre que enfrenta aguas movidas, incluso en su propio partido.

La medición de opinión con la que empezamos, evidencia la esperanza de los encuestados sobre el surgimiento de alguna persona o movimiento que lidere un cambio positivo para el país. La esperanza no es en los partidos políticos realmente existentes y a la luz de lo que vemos, es pálida. Desde distintos sectores de la denominada sociedad civil hay variadas iniciativas que tratan de caminar a una ciudadanía activa para llevar adelante sus intereses y pugnar por la democracia, pero aún son muy débiles. El proceso de construcción de organización social que viene dándose es lento; sigue marcado por la desconfianza y las distancias que existen. Buena parte del problema es que estas iniciativas no dialogan entre sí y no coinciden necesariamente en las soluciones y propuestas. Un primer paso, creemos que exige que se reconozcan. Caso contrario seguiremos con más de lo mismo, es decir peor.

 

desco Opina / 31 de mayo de 2024

La Fiscal de la Nación

 

Muy cercanos a la fecha del intento de golpe de Estado de Pedro Castillo y de las protestas que se prolongaron hasta marzo, resulta todavía difícil tomar distancia de estos sucesos, que aún nos conmocionan.

El nuevo gobierno, instalado hace apenas un año, producto de un pacto entre los restos que dejó Castillo en el Poder Ejecutivo (la sucesión presidencial de Dina Boluarte) y el bloque que conformaba el control del poder en el Legislativo, está siendo profundamente  afectado por la crisis terminal que enfrenta la Fiscal de la Nación, la abogada Patricia Benavides, al salir a la luz contundente información sobre su presunto proceder criminal, aprovechando su cargo para favorecer a mafias a cambio de su permanencia en el poder…con el que ahora ha roto parcialmente, al enfrentarse al Poder Ejecutivo, parodiando a un Sansón que destroza las columnas y muere con todos los ocupantes ilegítimos del templo.

Lo que ahora se lee, por las pruebas difundidas, no constituye novedad para quienes desde cierto periodismo de investigación y de análisis político más que lo sospechaban desde hace tiempo. No existían las evidencias que hoy abundan, comprometiendo a los usurpadores del poder.

Esto ha desencadenado el inicio de una nueva fase de reacomodo en la que los actores políticos actuantes pasarán a otra etapa (Ejecutivo y Legislativo en particular). Sin duda, interpelará también a todas las organizaciones e instituciones, los gremios de trabajadores y de propietarios nacionales y extranjeros que constituimos el tejido económico, cultural y social de nuestro país.

La profunda grieta provocada por la corrupción y la ignominia se muestra una vez más, desnudando el alma herida que es nuestro país. La credibilidad en la gestión de todo el Estado aparece nuevamente aplastada, por los suelos, y eso impacta en las relaciones sociales, lo poco que queda de institucionalidad pública y, por cierto, en la economía. Lo que se tiene a la vista son algunas de las consecuencias de lo que pasa cuando prima el enfrentamiento mafioso de poderes sobre la concertación.

Más adelante, dentro de algunos años, los acontecimientos vividos en este quinquenio, probablemente serán materia de reflexión y aprendizaje sobre cómo actuar mejor para concertar y evitar profundizar las brechas que la pandemia evidenció para todos.

La derecha radical que ha florecido vigorosa en determinados sectores sociales, aunque evidencia su falta de ideas y lo mezquino de sus intereses, también ha entrado en crisis interna y se debilita relativamente ante el enfrentamiento entre la Fiscal de la Nación y el Poder Ejecutivo.

La imparable violencia delincuencial de chantajes, homicidios por encargo, ajuste de cuentas entre bandas, robos, extorsión y cobro de cupos, tiene al país sumido en una inseguridad creciente, en el descrédito acelerado de nuestras reglas de juego a todo nivel y el quiebre del diálogo. Las ideas no se exponen, se imponen decisiones, y la sed de venganza de los principales perdedores parece no tener fin.

El desarrollo al que aspiramos debiera ser un proceso colectivo que también favorezca lo individual, una dinámica intersectorial e integral que convoque acciones y coordinaciones interdisciplinarias, interculturales, e intersubjetivas. Hoy parece imposible que esto pueda ponerse en marcha.

En el escenario al que asistimos, como en un circo de tres pistas, abundan payasos, fieras, prestidigitadores y equilibristas. También corruptos, asesinas y homicidas, junto a muchos improvisados, mientras los medios de comunicación (con la dinámica generada en las redes sociales que los absorbe), evidencian una situación de crisis del Estado y la sociedad, en la que la mayoría de la ciudadanía aparece cada vez más excluida –en muchos casos autoexcluida– de esta afanosa disputa.

Quienes debieran gobernar para bien de las mayorías, torpemente dan manotazos de ahogado en una economía sumida en franco proceso de recesión, a puertas de las urgencias que habrán de significar los efectos del paso de un FEN, cargado simultáneamente de lluvias destructoras en el norte y centro de nuestro territorio, y una agobiante sequía en el sur del país.

Es hora de construir un nuevo pacto social para creer en nosotros y confiar en los demás. Uno que muestre al mundo y a nosotros mismos, que somos una nación y no un país de desconcertadas gentes. Hasta hoy, entre tantos muertos y heridos y la enorme pobreza que atrapa a casi cinco de cada diez peruanos, expresando la enorme desigualdad que nos caracteriza, no encontramos la forma de salir del pantano de podredumbre en el que hemos sumido a este magnífico país, cargado de culturas y riquezas naturales como pocos en el mundo. Un lugar en el que los 33 millones de personas que lo ocupamos podríamos estar más cerca de avanzar en un proyecto del buen vivir, y no a la catástrofe y el caos destructivo en el que estamos inmersos.

 

 

desco Opina / 1 de diciembre del 2023