A cinco
días de la primera vuelta electoral, aún desconocemos quién será el rival de
Keiko Fujimori y Fuerza Popular en la segunda vuelta, quiénes los integrantes
del Congreso futuro y cuáles las fuerzas que controlarán al Senado
todopoderoso. Sin embargo, es meridianamente claro que no estamos asistiendo a un
proceso electoral “normal”. Lo sabíamos desde un inicio, porque es claro que se
trata de uno diseñado por un congreso mafioso y autoritario que, convertido ya
en primer poder del Estado, busca perpetuarse en el gobierno.
Como se
recordaba en un artículo
publicado el día mismo de las elecciones, la democracia es
el gobierno de las mayorías con el respeto al derecho de las minorías. En
nuestro país, aquellas se fragmentaron aceleradamente por la perversión de las
reglas de juego, consagrándose el imperio de las segundas. La alianza de facto
de Fuerza Popular, Renovación Popular, APP, Avanza País, Somos Perú, Podemos,
AP y Perú Libre, destruyó la frágil institucionalidad democrática, el estado de
derecho e incluso la persecución del crimen, todo en su beneficio. En ese
proceso, la frivolidad de un Congreso lleno de privilegios que hoy cuesta 1768
millones de soles, más del doble de lo que costaba el 2022, así como su grosero
desprecio por sus electores, explican el profundo rechazo que generan en la
población, rechazo que, como es obvio, comparten los partidos políticos.
La cédula
de votación, 44 cm x 21 cm, era el símbolo perfecto del desorden y la confusión
que podían producirse el 12 de abril. Cinco columnas para igual número de
elecciones simultáneas, 37 agrupaciones en competencia y varios miles de
aspirantes en pugna, hablaban de la elección con más candidatos en los últimos
60 años en toda la historia nacional. La eliminación de las Elecciones
Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) multiplicó el número de
partidos y abrió las puertas a agrupaciones que no habrían superado los filtros
de procesos anteriores, asegurando una arquitectura electoral que asegurara el
acceso al gobierno y a la representación con números irrelevantes. En otras
palabras, la decisión de prolongar la situación que ya se observaba desde años
atrás, manteniendo la baja legitimidad de origen de los parlamentarios.
Recordemos que Fuerza Popular, con el 39.8% de los votos, logró el 56.15% de
los congresistas el 2016, mientras que la alianza de facto que controla el
actual Congreso, sin contar los votos de Perú Libre, no alcanzó ni el 15% del
voto emitido.
Lo que no
era tan previsible fue el naufragio de la Oficina Nacional de Procesos
Electorales (ONPE) en la organización de la votación. Retrasos significativos
en la distribución del material electoral, problemas con el funcionamiento y
las conexiones de las computadoras o ausencia de éstas y locales inadecuados se
fueron evidenciando en Lima desde las primeras horas. Finalmente, 52 261
electores en Lima se quedaron sin ejercer su derecho, porque no se pudieron
instalar 187 mesas de votación en varios distritos del sur de la capital. La
incapacidad de la ONPE para responder a una situación que generaba malestar
creciente y la pronta reaparición de López Aliaga denunciando un fraude en su contra,
retomando una letanía que había iniciado semanas atrás y que incluía, desde
entonces, una amenaza directa a Corvetto, enrarecieron rápidamente el ambiente
y en pocas horas asistimos a una acelerada película que permite múltiples
sospechas y que debe ser aclarada pronto.
La Junta
Nacional de Justicia (JNJ), el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) para salvar
su indiscutible responsabilidad en los problemas suscitados, el Ministerio
Público y la Policía, todos atrás del cuento del fraude, enfilaron contra
Corvetto como responsable único y avanzaron en su afán de encontrar delito y
flagrancia, incluyendo la detención y la exhibición de un funcionario esposado.
Para entendernos, las gruesas fallas logísticas de la ONPE, los silencios y las
importantes omisiones de su máxima autoridad, más allá de afectar de distinta
manera el voto de más de 850 000 personas, exigen investigación inmediata y
profunda, pero no justifican ni las denuncias de fraude ni la cacería de chivos
expiatorios desde un Estado en derrumbe y en creciente deriva autoritaria (Nicolás
Vargas en “Un golpe silencioso; un golpe
perfecto”, La República 17 de abril de 2026). Mientras no se presenten
pruebas, insistir con el argumento linda con el delito. El asunto es tan
grosero que Keiko Fujimori hizo un llamado a la calma y a no hablar de fraude,
cierto que como preámbulo a recordar que “el enemigo es la izquierda” y
abogados, insospechables de izquierdismo, como César Nakazaki, insisten en que no se puede
usar el derecho penal en este momento.
En medio de
ese escenario, la gente participó y votó masivamente el domingo 12 porque
asumió que con el voto también se lucha. Los resultados hasta el momento, así
lo demuestran. Más allá de quién competirá con Fuerza Popular en la segunda
vuelta, lo que es indiscutible es la lista de quiénes desaparecen del Congreso,
sentenciados sin apelación. A César Acuña y APP, José Luna y Podemos, Avanza
País y sus ruidosos voceros, Somos Perú con su triste paso por la presidencia
del país, el huidizo Cerrón y su Perú Libre, así como a los viejos partidos históricos
–APRA, PPC y AP, previamente suicidada –, les quedará como consuelo su eventual
participación en las elecciones subnacionales de octubre. Los electores no se
perdieron en la fragmentación ni en las dificultades del proceso mismo y decidieron
recordar y castigar.
El
competidor de la señora K en la segunda vuelta difícilmente se definirá en las
próximas horas. Hay más de 5400 actas impugnadas en el país, 18.8% en Lima. Los
personeros naranjas y celestes se reparten las impugnaciones priorizando muchos
de los territorios en los que ganó Sánchez, en un proceso electoral cuya
calidad ha sido seriamente afectada, involucrando la representatividad de los
resultados y aumentando la polarización y la desconfianza de la ciudadanía. A
la incontinente violencia verbal del exalcalde limeño se suman periodistas que
no dudan, por ejemplo, en calificar de “ignorante, revanchista y odiador” al
voto del sur, así como una derecha que no aprende y que mira como rojo y
peligroso todo lo que no ve el mundo como lo hacen desde sus intereses y sus
miedos. En este escenario, los próximos días las denuncias de fraude se
multiplicarán, seguramente desde el lado de los candidatos en pugna, pero
también de sectores del electorado y de poblaciones que sentirán que atrás de
las acusaciones de fraude está el interés de desconocer su voluntad.
Como lo señaló
un analista, rememorando a Marx, la historia se repite dos veces: la primera
como tragedia, la segunda como farsa. Recordemos que a la segunda vuelta
concurrirán dos candidatos, no importa si López Aliaga o Sánchez, que sumados no
representan al 30% de los electores.
desco Opina / 17 de abril de
2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario