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viernes

Junín después del temblor

 La tierra no avisa, pero deja constancia. Los sismos que remecieron Junín entre fines de julio y los primeros días de agosto no llamaron la atención por su magnitud, moderada en cualquier escala técnica, sino por el desbalance entre la energía liberada y el daño que dejaron: 6 fallecidos, más de 300 damnificados, viviendas inhabitables y un decreto supremo (el N.° 115-2026-PCM) que puso en emergencia por 60 días a Chupaca, Concepción y Huancayo, además de Huancavelica y Tayacaja. La cifra sismológica fue discreta; la social, no, y buena parte de esa distancia se explica por la profundidad, porque el movimiento se originó a unos 10 kilómetros bajo la superficie en una falla local de la cordillera que llevaba décadas quieta, y esa cercanía concentra la aceleración del suelo justo donde vive la gente.

Para tener una referencia basta mirar el terremoto de 7,4 que devastó el Chocó colombiano por esos mismos días: ocurrió a 103 kilómetros de profundidad y aun así dejó más de 130 muertos, una comparación que no consuela sino que advierte, sobre todo porque en los anexos altoandinos de Chupaca y Concepción la vivienda sigue siendo de adobe y tapial, levantada sin vigas soleras ni confinamiento y muchas veces sobre suelos humedecidos por la temporada, de modo que cuando el terreno acelera esa masa se comporta como lo que es: peso sin capacidad de tracción. El estudio del Grupo de Análisis para el Desarrollo (Grade) ofrece el marco nacional de este problema y es demoledor: de los 6,6 millones de viviendas del país, el 71% fue autoconstruido y apenas el 3% de ellas cumple estándares adecuados, es decir, cuenta con planos, estudios de suelos y supervisión profesional.

La preocupación nacional suele quedarse en la costa, donde la fotografía del riesgo resulta más evidente, pero la sierra central carga una vulnerabilidad propia, sobre todo por las distancias entre los poblados y los centros de auxilio: los anexos rurales están lejos de las capitales distritales y la evaluación de daños demora días en llegar, los centros de salud de nivel I y las escuelas salen de servicio justo cuando se vuelven indispensables. La falta de sismos destructivos recientes instaló una sensación de exención que hoy se paga en escombros. El adobe, además, no es un capricho cultural, sino la única técnica al alcance de familias sin título ni crédito, lo que traslada el problema constructivo al terreno económico y legal.

Junín, por lo demás, tampoco termina en el Mantaro. Chanchamayo, Satipo, Pichanaqui y las cuencas que bajan hacia Oxapampa comparten departamento y presupuesto con Huancayo, aunque su riesgo tenga otra forma, porque en la ceja de selva el sismo casi nunca aparece como colapso masivo de edificaciones, sino como ladera que cede, carretera que se corta y pueblo que queda incomunicado; suelos saturados por la lluvia y un movimiento moderado que funciona como detonante de deslizamientos. Ocurre, sin embargo, que la gestión del riesgo se sigue diseñando desde la mirada de la ciudad: los mapas de microzonificación, los simulacros multipeligro y hasta los formularios de empadronamiento asumen manzanas, calles y lotes, cuando en Río Negro, en Mazamari o en las comunidades asháninkas del Ene y del Tambo, la casa es de madera y calamina, dispersa en chacra, con acceso por trocha. Que ese material resista mejor el sacudimiento no vuelve segura a la familia: el peligro simplemente se muda al camino, al puente artesanal, al talud y a la imposibilidad de sacar a un herido.

Súmese a esto una coincidencia de calendario que exige lectura política: especialistas en infraestructura hidráulica advierten sobre un fenómeno de El Niño de gran intensidad entre enero y abril de 2027. El Ejecutivo ya instaló una comisión nacional para ese escenario con 1900 puntos críticos identificados en cauces de ríos, de los cuales se priorizarían apenas 569, de modo que un territorio con laderas fracturadas por un sismo que en pocos meses recibirá precipitaciones extraordinarias no enfrenta dos amenazas sucesivas, sino una sola encadenada. Mientras tanto, el decreto de emergencia contempla una línea que pasó casi inadvertida: las acciones se financian con cargo al presupuesto institucional de las entidades involucradas, sin recursos adicionales del Tesoro Público, así que regiones y municipios deberán reasignar lo que ya tenían. Para distritos con equipos técnicos mínimos y ejecución presupuestal históricamente baja, la declaratoria opera entonces como una habilitación administrativa antes que como respaldo financiero, sirve para comprar rápido y recibir donaciones, no para reconstruir. Ahí está, en el fondo, el punto débil del modelo, la respuesta está razonablemente normada, pero la prevención sigue repartida entre entidades que no se hablan, se declara la emergencia después del daño, se reparten calaminas y colchones, se firma un acta y el ciclo se cierra hasta el siguiente temblor, mientras que la reconstrucción choca con trabas que ningún decreto resuelve solo.

Sin título saneado no hay bono de vivienda ni crédito, así que el damnificado vuelve a levantar lo mismo, con los mismos materiales y en el mismo terreno, en un país donde el 73% de las viviendas se edificó sin licencia y solo el 4% recibió alguna sanción. A eso se suman las fajas marginales y las laderas inestables que siguen ocupadas porque no existe oferta de suelo seguro donde reubicar a las familias; mientras los fake news hacen lo suyo provocando alarma en la población ante la ausencia de información oficial.

Detrás de todo esto sigue el asunto mayor: frente a la costa central persiste una zona de acoplamiento que no libera energía desde 1746, con escenarios técnicos que proyectan un evento cercano a 8,8 grados y simulaciones oficiales que hablan de decenas de miles de fallecidos y medio millón de edificaciones destruidas, casi todo en Lima. Allí asoma la paradoja que la sierra y la selva central conocen de memoria: cuando llegue ese día, el aparato estatal se volcará entero hacia la capital y las regiones que hoy reciben atención tardía dejarán de recibirla.

Por eso la mirada desde Junín, Huancavelica y Pasco no puede ser la del espectador. La resiliencia del centro del país no vendrá en brigadas enviadas desde Lima, sino de la capacidad instalada aquí, con equipos técnicos permanentes en los gobiernos regionales, municipios que fiscalicen antes de que se levante el muro, universidades locales produciendo estudios de suelos y comunidades preparadas para sostenerse solas durante las primeras setenta y dos horas. Anticiparse, en este caso, es una condición de supervivencia.

 

 

desco Opina – Regional / 14 de agosto de 2026

descocentro 

miércoles

Sin política de vivienda



Según el informe de Estado de las Ciudades de América Latina y El Caribe – ONU HABITAT 2012, Lima es la segunda ciudad más densamente poblada de América Latina y la undécima a nivel mundial. Cuenta con casi nueve millones de habitantes y casi dos millones de viviendas, de las cuales alrededor del 60% han sido construidas por procesos de autogestión y autoconstrucción. ¿Cómo hace una familia en situación de pobreza para acceder a una vivienda en Lima? La política del Estado se ha basado durante décadas en otorgar tierra, mas no vivienda, encargándose solo de «facilitar» el acceso a los títulos de propiedad. Las familias acceden a una vivienda «formal», en un terreno que posee una serie de vulnerabilidades de las cuales deben hacerse cargo, eximiendo al Estado de responsabilidad civil y penal, en caso de que se produzca un desastre, por ejemplo, un fenómeno sísmico.  
Por otro lado, cabe destacar que los «programas» del Estado para el acceso a una vivienda adecuada están diseñados para los sectores poblacionales medios y altos. Se dice que se estarán entregando más de 95 mil viviendas hasta el 2015, sin embargo, en esta cifra se incluyen viviendas del programa Techo Propio, casas de 55 metros cuadrados que se venden a 35 mil dólares. La pregunta en este caso es: ¿cómo están apoyando a aquellos sectores de pobreza y pobreza extrema? La respuesta continúa pendiente, en una realidad donde la ciudad seguirá creciendo, y donde el déficit cualitativo de las viviendas se calcula en casi un 60% del total de viviendas en la ciudad.
Lima se encuentra en el cinturón de fuego del Pacífico, y tomando en cuenta que desde hace más de cuatro décadas no se produce un sismo de consideración, mantiene una situación crítica si estimamos que es durante las últimas décadas en las que se ha producido un crecimiento acelerado y descontrolado de la ciudad. El Estado, por medio del Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento hizo estimaciones sobre los distritos de Lima con más alta vulnerabilidad y algunas ciudades del interior del país. Uno de los casos es el de Villa El Salvador, donde se estima que de producirse un sismo de consideración, por lo menos un 88% del total de viviendas sufriría daños severos o colapso, significando más de trescientos mil personas afectadas en solo uno de los 43 distritos que componen la ciudad.
A pesar de ello, se ha dado poco seguimiento a los procesos de gestión del riesgo que alertan, según un estudio del Sistema Nacional de Defensa Civil, sobre la posibilidad de resultar con más de 50 mil fallecidos y 200 mil viviendas colapsadas en una ciudad con las características de Lima.
En ese contexto es que hacemos un llamado a la comunidad internacional, acerca del inminente peligro que conlleva el tener una ciudad carente de políticas estatales de acceso a un hábitat digno y seguro, afectando a las mayorías pobres del país.

desco Opina - Regional / 1º de abril de 2015
Programa Urbano
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viernes

Cuando de verdad pase el temblor



El pasado 30 de mayo se llevó a cabo el simulacro nacional de sismo y tsunami. Pese a haberse establecido que la participación fuera de «carácter obligatorio» en las instituciones públicas, el ejercicio no tuvo mayor impacto. Y es que si se considera la poca participación real de personas, en la hora programada, en otros locales de afluencia masiva como son los centros comerciales, mercados, campos feriales, etc. es evidente que no se tomó en serio este ensayo preparatorio.
Resulta interesante hacer notar que solo cuatro días después del simulacro, en la ciudad de Lima se producía un sismo de 5.4 grados en la escala de Richter, que sin haber sido de mayor intensidad, nos mostró muchas falencias y la falta de preparación de los habitantes de Lima para responder ante eventos sísmicos de magnitud. De hecho se reportaron hasta un total de cinco emergencias, producto de crisis nerviosas y golpes, ocurridos durante el proceso de evacuación, en los distritos de Villa María del Triunfo, Villa El Salvador, San Juan de Miraflores, Surco y Lince.
Una vez más constatamos lo mal preparados que nos encontramos como sociedad para hacer frente a un fenómeno natural que va a ocurrir y que puede afectar significativamente nuestras vidas. Lamentablemente, los esfuerzos de Defensa Civil devienen en nada ante la poca seriedad con la que se asumen los procesos de prevención con miras a evitar una situación de desastre.
Por otro lado, en más de una oportunidad los especialistas han hecho notar que el déficit cualitativo de las edificaciones en el país (léase bien: su mala calidad) es mucho mayor que el cuantitativo. Esto adquiere una dimensión crecientemente preocupante si se tiene en cuenta que en Lima y varias ciudades importantes del país se están produciendo acelerados procesos de aumento de la densidad que traen múltiples consecuencias. La densificación urbana tan importante, en la lógica de plantear las ventajas para una ciudad más compacta, no necesariamente está visibilizando ni planteando soluciones ante el problema de lo ya construido. Menos en lo que significa contar con la compleja preparación que corresponde a las implicancias de dar el paso de trasladarse de la vivienda unifamiliar a la multifamiliar, incluyendo, por cierto, las prevenciones de riesgo a tomar ante eventos sísmicos de magnitud.
En este contexto, resulta alarmante observar la pobre reacción y compromiso que existe por parte de nuestras autoridades, técnicos e inclusive la propia sociedad civil, para dar solución a un problema siempre latente, que se enfrenta con desidia, sin convocatorias importantes a la toma de conciencia y previsión. Sin duda, de seguir igual, terminará por pasarnos una factura difícil de pagar, particularmente en una metrópoli como Lima con más de 9 millones de habitantes y serios puntos de zonas en grave riesgo.
Pensamos que las autoridades de Defensa Civil se encuentran en la necesidad de hacer una profunda autocrítica, evaluar sus magros resultados y emprender campañas con metodologías que resulten siendo de verdad exitosas y calen en la conciencia ciudadana y la organización del tejido social. Eso es responsabilidad de todos y hasta ahora lo estamos haciendo bastante mal, burocráticamente, con procedimientos puramente formales y llenándonos de carteles y señalización de rutas y aforo que en verdad de poco sirven a la hora de las crisis verdaderas.

desco Opina - Regional / 13 de junio de 2014
Programa Urbano
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