El caso de la violación grupal a un menor, estudiante del Liceo Naval
Almirante Guise, por parte de sus compañeros, al parecer en presencia de adultos “responsables” de la integridad de los menores, debe llevarnos a una urgente reflexión en torno a la manera en la
que estamos educando a niños, niñas y adolescentes en Perú.
Los perpetradores de este atroz delito merecen una sanción conforme a ley.
No recibirán una pena de 25 años o cadena perpetua como un adulto, porque aún
les falta uno o dos años para la mayoría de edad. Pero la gravedad de los
hechos no admitiría una pena privativa de libertad menor de 5 o 6 años. No
“un par de semanas en Maranguita” como sugiere el senador Rodrich. Estamos ante un crimen, no ante un juego que “se les salió de las
manos” como afirma el padre de uno de los perpetradores.
Los adultos presentes no pueden ser juzgados sólo por no cumplir con
el deber de atención a una persona en riesgo. Su presencia en el lugar de los
hechos, con muy poca probabilidad de no haber notado lo que sucedía a pocos
metros, es una clara incitación al ejercicio de ese tipo de violencia
disciplinadora. Esos adultos estaban “educando” a los jóvenes, a los
perpetradores del crimen y, a través de ellos, a la víctima.
Si el género es una construcción social, en sociedades patriarcales
como la nuestra, la masculinidad es un estatus que debe ser adquirido, para que
sea reconocido debe ser demostrado. Este proceso es gradual, desde la niñez, cuando
oímos a madres, padres y docentes decir que “los niños no lloran”. Desde la
infancia les exigimos que pierdan la sensibilidad, que neutralicen las
emociones, que no lloren.
Rita Segato sostiene que esta manera de educar, que empieza
violentamente desde la niñez, debe ser calificada como una “pedagogía de la crueldad”.
Así, la primera víctima del patriarcado son nuestros niños. El proceso escala,
se agrava, el mandato de masculinidad exige responder a las expectativas, a las
exigencias del grupo. Es en este espiral de violenta demostración de
masculinidad, que la violación se torna una práctica que más que satisfacer un
placer individual, es una manera de ejercer dominación, de demostrar poder.
Esta violencia vivida, es luego una violencia ejercida. Quien fue
víctima es luego victimario. Es un disciplinador. Segato sostiene que es un
“moralizador” que busca castigar a la persona, la más de las veces una mujer,
pero también a las diversidades y como vemos en este caso, a un hombre joven en
situación de vulnerabilidad. Esta pedagogía de la crueldad lo que hace es
cosificar, enseñar a extraer de los cuerpos cualquier idea de humanidad y
transformarlos en objetos que pueden ser poseídos. Elimina la empatía.
El caso del Liceo Naval ha generado una reacción inmediata en el
gobierno, que ya anunció que el plantel dejará de estar a cargo de las Fuerzas
Armadas y quedará hasta el 2027 bajo la administración del Ministerio de
Educación (Minedu). Esta debería ser una buena noticia y en cierto nivel lo es.
Pero ese solo hecho no es garantía de transformación pedagógica.
Juan Carbajal, revisando cifras de la plataforma SíseVe del Minedu,
muestra que, entre enero y agosto de este año, las
denuncias por violencia sexual dentro de los colegios ascienden a 1198, representando un incremento del 32.6% frente al mismo periodo en
años anteriores. Estamos hablando de un ritmo de 200 denuncias de violencia
sexual al mes –desde marzo que inician clases– en los colegios del Perú.
Si un ministro de Justicia –que debiera centrar su atención en la
defensa de los derechos humanos en el país–, cree que es muy difícil llevar a
cabo procesos de sanción penal a docentes, a maestros contratados para educar a
nuestra niñez que vienen violando de manera sostenida a niñas en Condorcanqui,
si en una sesión del Congreso de la República es capaz
de señalar que es un “problema cultural”,
la violación sexual no dejará de ser una práctica de dominación que se ejerza
sobre los más débiles en nuestras escuelas.
Detrás de la vida de violencia a la que condenamos como sociedad a las niñas y adolescentes de Condocanqui, donde se registran más de 1253 víctimas de violencia sexual entre el 2024 y julio del
2026, hay un mismo patrón de reproducción del patriarcado que el que vemos en
casos que logran escalar a la escena pública nacional como el del Liceo Naval.
Ambos son muestra de esta crueldad hecha pedagogía, pero son también
parte del espectáculo de la impunidad a la que este tipo de hechos nos tiene
acostumbrados.
desco Opina Regional / 25 de
setiembre del 2026




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