Lima es una ciudad acostumbrada a vivir casi sin
lluvias. Sin embargo, las recientes precipitaciones intensas han demostrado que
esta condición también puede convertirse en una vulnerabilidad cuando incluye
la combinación de viviendas precarias, falta
de drenaje y asentamientos humanos ubicados en laderas. En el contexto
del Fenómeno El Niño, la gestión del riesgo vuelve a ocupar un lugar urgente:
no solo por las lluvias, sino también por la amenaza permanente de un gran
sismo en una ciudad donde miles de viviendas presentan condiciones de
vulnerabilidad.
El Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del
Perú (Senamhi), mantiene información y seguimiento sobre el Fenómeno El Niño 2026-2027,
así como avisos meteorológicos y monitoreo de las condiciones climáticas del
país. Para una ciudad como Lima, donde las lluvias intensas no forman parte de
la experiencia cotidiana, estos episodios muestran la necesidad de fortalecer
la preparación y la capacidad de respuesta.
A esta situación se suma el riesgo sísmico. El Centro
Nacional de Estimación, Prevención y Reducción del Riesgo de Desastres (Cenepred)
cuenta con un escenario de riesgo para Lima y Callao
que permite identificar los posibles impactos de un sismo de gran magnitud y
orientar medidas de prevención y reducción del riesgo. Asimismo, el mapa de riesgo sísmico elaborado por el Centro
Peruano-Japonés de Investigaciones Sísmicas y Mitigación de Desastres (Cismid),
permite conocer los niveles estimados de daño que podrían presentarse en las
viviendas de los diferentes distritos de Lima ante un sismo severo.
Esta información adquiere especial importancia cuando
se contrasta con lo que ocurre en los barrios de Lima Sur. Los testimonios que
presentamos corresponden a lideresas con quienes trabajamos directamente en
zonas de alta vulnerabilidad y riesgo de Villa El Salvador y San Juan de
Miraflores. Sus experiencias permiten observar cómo los fenómenos naturales
impactan en la vida cotidiana de familias que cuentan con pocos recursos para
prevenir o reparar los daños.
Deassy Huari, presidenta del comedor Mensajeros de la
Paz, ubicado en Oasis de Villa, en Villa El Salvador, comenta que las lluvias
recientes afectaron directamente a las familias de su comunidad. Las calaminas
de muchas viviendas tienen años de uso y se encuentran desgastadas. Los
pequeños agujeros que antes podían pasar desapercibidos se convirtieron,
durante las horas de lluvia intensa, en puntos de ingreso de agua hacia los
dormitorios y otros ambientes de sus casas.
La afectación no terminó al interior de las viviendas.
En las calles hubo inundaciones y dificultades para movilizarse: un automóvil
quedó varado y una combi tuvo problemas con el motor. Los niños y adolescentes
que caminaban hacia sus colegios o regresaban a casa terminaron completamente empapados
y luego algunos presentaron tos. Después de la lluvia emergió otra
preocupación: los mosquitos. La humedad y el agua acumulada favorecieron su
aparición y las familias se alertaron al encontrarlos en mayor cantidad y frecuencia.
Las personas adultas también presentaron molestias en la garganta.
En Vista Alegre de Rinconada Alta, Pamplona Alta, San
Juan de Miraflores, Julissa Panta, presidenta del asentamiento humano, describe
una realidad que suma otro riesgo: los sismos. En las laderas, las pircas
requieren reforzamiento y, ante los movimientos, las piedras suelen deslizarse.
La preocupación de las familias es que una vivienda que ya enfrenta dificultades
frente a un terremoto, tenga también que soportar lluvias, humedad y fuertes
vientos.
En el comedor popular Santa Rosa de Vista Alegre, el
agua ingresó a las viviendas. Muchas familias no cuentan con recursos para
realizar reforzamientos y viven con el temor de que ocurra un terremoto y las
estructuras no puedan resistir. La expresión de las dirigentes es clara: sus
casas no están preparadas para enfrentar un movimiento sísmico de gran
magnitud.
La educación también se vio afectada. En Rinconada
Alta del Distrito de San Juan de Miraflores, los estudiantes tuvieron
dificultades para acudir al colegio debido a la neblina y, después de la lluvia
del domingo 16 de agosto, uno de los centros educativos paralizó el dictado de
clases durante dos días porque el
agua se había empozado en el local. Para estas familias, una lluvia intensa no
representa solamente un problema de infraestructura: también puede significar
que los niños no puedan estudiar, que las familias tengan dificultades para
movilizarse y que aumenten las condiciones de humedad y presencia de mosquitos
que afecten su salud.
Los testimonios muestran tres impactos concretos de un
mismo fenómeno: vivienda, educación y
condiciones ambientales y de salud. Pero revelan también algo más
profundo: en estos barrios la lluvia y los sismos no son riesgos inconexos. Se
superponen sobre viviendas y comunidades que muchas veces no cuentan con
recursos suficientes para prepararse ni enfrentarlos.
Por eso, la gestión del riesgo no puede aparecer
únicamente después de una emergencia. Mejorar los sistemas de drenaje, reforzar
viviendas y pircas, mantener escuelas y espacios comunitarios, identificar
zonas seguras y fortalecer la organización vecinal son medidas que pueden
reducir el impacto de futuros eventos.
Las voces de Deassy y Julissa permiten mirar las
cifras y los escenarios oficiales desde la vida cotidiana. Ellas no se refieren
a escenarios hipotéticos: hablan de agua inundando sus casas, niños que dejan
de asistir al colegio, mosquitos que aparecen después de la lluvia y familias
que temen que sus viviendas no resistan un terremoto. Escuchar a quienes viven
en estos territorios es también una forma de reconocer dónde están las mayores
vulnerabilidades y qué medidas deben priorizarse antes de que ocurra una
emergencia mayor.
desco Opina - Regional /
28 de agosto de 2026
descoCiudadano




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