La segunda vuelta no
comienza con la proclamación oficial de resultados. Empezó antes, con la
difusión de nuevas encuestas. Esta vez mostrando un
escenario de empate técnico: dos candidaturas bordeando el 38% y un país que, antes
que decidir, parece, por ahora, contener el aliento. Las candidaturas entran a
una fase de contraste, donde aparece un elemento importante que no se puede
esquivar: la memoria de las peruanas y peruanos sobre lo vivido desde la
elección de Pedro Castillo y lo que siguió.
Ese dato tiene
implicancias concretas. Anticipa una campaña más disputada, más agresiva y un
cambio en el terreno del debate. Las promesas generales y los lemas de la
primera vuelta no serán suficientes. En ese campo, el fujimorismo no llega en
blanco. Lo hace con un registro de decisiones tomadas en
el Congreso durante el período 2021–2026, donde su bancada ha tenido un rol sostenido
en la articulación de mayorías, que muchos analistas han denominado “pacto mafioso”: una coalición
parlamentaria funcional a sus intereses particulares, articulada no
necesariamente por orientación ideológica, para sacar adelante votaciones clave,
incluyendo el debilitamiento y captura de instituciones como el Tribunal
Constitucional y la Fiscalía de la Nación.
No han sido episodios
aislados, sino parte de un patrón que, bajo el discurso de “orden” y “seguridad
jurídica”, ha impulsado normas duramente cuestionadas por sus efectos: debilitamiento
de herramientas contra el crimen organizado, desprecio y riesgo de impunidad en materia de
derechos humanos,
restricciones a la acción de organizaciones civiles y ONG, retrocesos groseros en
políticas de género y un uso recurrente
del mecanismo de la insistencia legislativa para promulgar leyes frente a
observaciones técnicas, que no se tomaron en cuenta. Todo esto tiene
consecuencias que también se reflejarán en los votos. Ya más del 70% de quienes
integraron esas mayorías congresales de facto, han sido rechazados por los
votantes
en su pretensión reeleccionista.
Estos procesos tienen
efectos concretos. En el campo, los trabajadores agroindustriales siguen encasillados
en esquemas precarios mientras se mantienen beneficios tributarios al sector.
En la Amazonía, la presión sobre territorios y el avance de economías ilegales (tala
ilegal, producción de cocaína y extracción de oro con
dragas)
continúa sin ninguna respuesta estatal consistente. En las ciudades, las clases
medias y populares enfrentan servicios públicos precarios e ineficientes (salud, educación, agua potable y transporte público) y sistemas
previsionales indecorosos. En los sectores
urbano populares, las brechas estructurales persisten sin cambios, sin que
ninguna ley declarativa –que han sido muchas– logre contentar a la tribuna. La inseguridad y la violencia delictiva que atraviesan el país
son su manifestación más visible.
La discusión del
balotaje, por tanto, no es sólo sobre cada medida; lo es sobre la dirección que
éstas configuran. Esa orientación es la que ahora busca validación electoral,
justamente cuando la memoria aparece como relevante para decidir el voto, no
solo por el contenido de cada medida producida y concertada por el pacto
mafioso, sino porque emerge la figura de quien ha manejado la batuta de esa
concertación de intereses que busca validación electoral: Keiko Fujimori y la
orientación política derechista y ultra conservadora que se aupó para
controlar el Poder Ejecutivo y el gobierno de la nación.
El país llega a este
momento atravesado por varias fracturas: entre fujimorismo y antifujimorismo,
pero también entre derecha e izquierda, entre norte y sur, entre Lima y el
resto del país. Son divisiones que se superponen y que hacen que el voto sea,
al mismo tiempo que político o ideológico, también territorial, social y hasta
emocional o de abierto conflicto reivindicativo. A ello se suma un contexto
internacional más inestable de tensiones geopolíticas, conflictos bélicos,
realineamientos internacionales y volatilidad económica. Todos ellos afectando
en variables clave del país, como precios, empleo e inversión. La política
interna no puede discutirse aislada de ese contexto.
En ese marco, la
pregunta no es quién gana, sino con qué agenda lo hace. La campaña que sigue
exigirá definiciones más claras sobre institucionalidad, derechos, seguridad y
servicios públicos, pero también sobre la relación entre discurso y práctica. El
fujimorismo enfrenta aquí un punto crítico: su narrativa apela al orden, pero
su comportamiento legislativo reciente es parte central del cuestionamiento.
Puede intentar reposicionarse o matizar su discurso, pero el registro de sus votaciones
congresales existe. Incluso puede ensayar cínicamente hasta una autocrítica.
Pero en política, como en la vida, hay cosas que no se borran con una
conferencia de prensa.
El electorado no decide
sobre una hoja en blanco, sino sobre una acumulación de decisiones y sus
consecuencias. En ese contexto, la memoria deja de ser un recurso retórico. Se
vuelve un criterio de decisión.
desco Opina / 30 de abril de
2026




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