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viernes

El sueño de la gobernanza climática peruana

 

La cumbre sobre cambio climático de la ONU COP 26 (Conferencia de las Partes de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático), se desarrolló en Glasgow, Escocia, las primeras semanas de noviembre. En ella participó la delegación peruana, posiblemente comprometida con el tema, pero que quizá sobredimensiona nuestras capacidades de colaboración para alcanzar la carbononeutralidad y la resiliencia al cambio climático.

El Registro Nacional de Medidas de Mitigación, que consigna las acciones de mitigación de diferentes sectores, el Infocarbono (Inventario Nacional de GEI), y la Huella de Carbono Perú (que mide las emisiones de GEI de una organización ya sea pública o privada), forman parte del Sistema para la Medición de las Medidas de Mitigación que nuestro país viene implementando. Todas ellas son herramientas importantes, pero insuficientes para considerarnos a la vanguardia a nivel latinoamericano, tal como lo señalaron los miembros de la delegación peruana. Hay muchos temas aún pendientes o insuficientemente atendidos.

En 2014 el Ministerio del Ambiente (MINAM) señaló que nuestra meta para el 2021 era «cero deforestación», que evidentemente no se alcanzó. Se estima que en el 2020 más de 150 000 hectáreas de bosques tropicales fueron devastadas como consecuencia de la tala y la minería ilegal a nivel nacional, cifra que siguió elevándose este año, dado que la pandemia obstaculiza la fiscalización de parte de las autoridades; tarea ésta que incluso antes de esta crisis sanitaria tenía serias deficiencias e involucraba, incluso, actos de corrupción de varios funcionarios.

Esta pérdida forestal es responsable de casi la mitad de las emisiones de gases efecto invernadero a nivel nacional. Aunque las áreas naturales selváticas son espacios geográficos de vital importancia para la captura de carbono, los equipos técnicos y de seguridad para garantizar su intangibilidad carecen del financiamiento suficiente y de la logística adecuada para cumplir su tarea, por lo que aquellas continúan bajo amenaza. Los atentados a su intangibilidad son cometidos muchas veces por personas de su entorno, dándose incluso casos de corrupción y tolerancia de autoridades de diversos sectores frente a estos hechos. Un artículo publicado en el 2019 por la revista Science, reportaba que Perú protagonizó 61 eventos de reducción del nivel de protección, así como de eliminación de bosques naturales, lo que nos ubicaría entre los países que peor tratan a sus áreas de interés forestal con fines de captura de carbono.

Nuestro parque automotor contribuye considerablemente en la emisión de gases de efecto invernadero (GEI). Al Estado peruano le corresponde el diseño de políticas públicas y acciones que vayan más allá de sanciones a conductores o la promoción de bonos de chatarreo, desarrollando una tarea muy importante que es la concientización ecológica de la ciudadanía. Esta situación se complica por una serie de factores como sistemas deficientes y mal administrados de transporte urbano, unidades obsoletas, alta congestión, excesiva cantidad de pequeñas unidades de transporte que excede diez veces más el número necesario, entre otros. Al igual que en el caso de la deforestación, las ciudades de nuestra selva no son ajenas a esta problemática; pese a que los bosques aledaños podrían ser paliativos interesantes contra la contaminación, muchas mediciones en las áreas muestran un valor negativo y muy por encima del estándar recomendado.

Nuestra Ley Marco sobre cambio climático define competencias para varios niveles e instancias de gobierno y, es entonces que aparecen los problemas, porque es sabido que en el país las tareas compartidas son responsabilidad de todos y de ninguno. Mal podríamos decir entonces que Perú es un ejemplo de gobernanza climática, si a duras penas podemos reconocer nuestras profundas debilidades institucionales y ciudadanas; sin ninguna duda, mal podríamos ser referentes a ser imitados.

 

desco Opina – Regional / 26 de noviembre del 2021

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Pueblos indígenas eternamente desplazados



Las noticias de corrupción política y los desastres ocasionados por las lluvias, han contribuido a que las noticias de la selva del país no se escuchen ni atiendan con la urgencia que merecen. A inicios de febrero, con el argumento de un supuesto permiso de las bases militares del VRAEM, traficantes de madera fuertemente armados desalojaron a la Comunidad Nativa Asháninka de Meantari (Satipo).
No es la primera vez que desplazan a familias asháninkas de sus territorios ni que son atacados, ni afectados en su integridad física para extraer los recursos forestales del interior de sus comunidades. Lo que más preocupa es la escasa capacidad de respuesta de las instituciones del Estado, lo que deriva en la impunidad de los infractores o en respuestas violentas de las comunidades amazónicas. Se desconoce si esta denuncia ha sido atendida por las autoridades policiales locales, sin embargo, independientemente del resultado de las indagaciones y pesquisas quedan muchas interrogantes; ¿cómo es posible que un grupo armado de sesenta personas pueda transitar tranquilamente en una zona declarada en emergencia por causa del narcotráfico? De existir la supuesta autorización militar indudablemente se trataría de un nuevo caso de corrupción y tráfico de tierras, porque el otorgamiento de permisos forestales le corresponde al SERFOR y no a las fuerzas armadas. Los nativos han identificado a los líderes de esa amenazante incursión armada y esperan que las autoridades tomen las medidas correctivas pertinentes.
Entre 1980 y 1990, debido a su vulnerabilidad, las comunidades nativas de la selva central fueron violentamente desplazadas y masacradas por las huestes terroristas. Tras conseguir el cese del hostigamiento con la participación del llamado ejército Asháninka y de las fuerzas armadas, los nativos volvieron paulatinamente a sus comunidades; sin embargo, en la zona del VRAEM aún quedan territorios que son inseguros para restablecer sus poblados. Los madereros ilegales así como los narcotraficantes y quienes se hacen pasar por colonos con fines subalternos quieren arrebatarles el derecho de posesión, situación que se agrava por la lentitud e inercia del Estado para otorgarles los títulos de propiedad que les corresponden. Según recientes informes, a la fecha quedan muchas comunidades nativas sin titular y esa carencia de titulación se convierte en oportunidad para un sistemático despojo. Según manifiestan las organizaciones nativas tan solo en la provincia de Oxapampa existe un aproximado de 250 títulos de propiedad otorgados por el Estado a terceros que se superponen sobre sus territorios. Caso similar lo representan las concesiones extractivas que tampoco respetan la intangibilidad de sus tierras. Cabe resaltar que el reconocimiento de los derechos de propiedad indígena es uno de los compromisos del Convenio 169 sobre pueblos indígenas y tribales en países independientes del cual el Perú es signatario desde 1993.
Desde el año 2008 existe un compromiso del Poder Ejecutivo por culminar con el proceso de titulación. Como esto no sucede, se siguen generando movilizaciones de las comunidades nativas exigiendo celeridad. El diálogo ha cambiado de interlocutor en reiteradas oportunidades, en la última movilización nuevos rostros de la PCM se han acercado a dialogar con las mismas promesas de siempre ante los líderes indígenas. Bajo el lema de “Resistencia Indígena Asháninka”, los líderes de federaciones indígenas de la selva central (ANAP, UNAY, OPIYAT, ARPI y FRECONAYAPPP), han puesto en el debate ante el representante de la PCM una amplia agenda que incorpora la titulación de sus tierras así como la atención prioritaria de las necesidades básicas de sus comunidades; temas que por años han sido prometidos por los sucesivos gobiernos de nuestro país. El caso Meantari es sólo uno de los muchos que afectan a las comunidades indígenas y su causa principal es la lentitud en la titulación de sus tierras.
Actualmente, la comunidad nativa de Meantari está gestionando frente a la Dirección Regional de Agricultura (DRAG) de la región Junín el título de propiedad. No obstante, algunos invasores por medio de la Asociación “Señor de Luren”, argumentan haber colonizado estos aislados parajes de propiedad del Estado para actividades agrícolas y por tanto reclaman derechos posesorios al interior del territorio comunal, complicando el justo reclamo de propiedad de los indígenas. En la visita de inspección realizada por funcionarios del SERFOR con el acompañamiento de los comuneros, se constató el hallazgo de madera ilícitamente talada, pero no presencia de chacras ni casas de colonos. Todo indicaría que en el terreno no hay agricultores pero es notorio que se estaría preparando la tierra para cultivos ilegales de coca. La Central Asháninka del río Ene (CARE) exige que las instituciones del Estado tomen las medidas correspondientes para asegurar la pacífica toma de posesión de territorios ancestrales. Si se hace oídos sordos a este reclamo podrían generarse nuevas paralizaciones de las comunidades nativas. Lo más grave sería que los líderes indígenas convoquen nuevamente al ejército Asháninka, que cuenta con armas entregadas por el ejército peruano para el patrullaje contra los narcoterroristas. Ante la indiferencia del Estado, los nativos podrían tomar la justicia por cuenta propia, con temibles consecuencias.

desco Opina - Regional / 24 de febrero de 2017
Programa Regional Centro